Águeda no replicó una palabra; pero elevó al cielo su hermosa mirada llena de dolorosa resignación.

Entró Pilar; y tan pronto como se fijó en don Sotero, se escondió detrás de su hermana. Ésta le miró entonces como si quisiera argüirle con el miedo de la niña; pero el santo varón no alzaba los ojos del suelo, ni daba muestras de fijarse en lo que le rodeaba. Luégo dijo así á su hermanita:

—Hija mía, si nuestra buena madre volviera al mundo y te impusiera un deber, ¿dejarías de cumplirle por penoso que fuera?

—¡Ay, no! —respondió al punto la niña, mirando de reojo á don Sotero y arrimándose mucho á su hermana.

—Pues cuando nuestra madre iba á morir —prosiguió Águeda— escribió en un papel muchos consejos y mandatos para nosotras. Entre estos mandatos hay uno que debemos cumplir tú y yo ahora mismo; porque, por estar en aquel papel, que se llama testamento, es como si nuestra madre hubiera vuelto al mundo para dictárnoslo de palabra.

—Y ¿qué nos manda hacer? —preguntó la inocente sin apartar sus ojos azorados del temeroso personaje.

—Que obedezcamos á nuestro tío don Plácido, que es el encargado de cuidar de nosotras; y, por lo visto, que vayamos tú y yo á esperar su llegada al pueblo á casa de don Sotero, que también quedó encargado de atendernos y vigilarnos.

—Pero ¿por qué mandó eso nuestra madre? —dijo la niña en un impetuoso arranque, más hijo del miedo que de la resolución.

—Porque así nos convendrá —respondió Águeda besándola—. Ya sabes que los mandatos de los padres, como los de Dios, han de ser obedecidos sin replicar.

—¡Es que yo tengo mucho miedo, Águeda!... ¡Y estaba tan bien aquí contigo!... ¿Y si tío Plácido tarda mucho?