Águeda no escuchaba ya al hombre negro. Aun sin la fe de la virtuosa joven, cuando á los males suceden los males, y á los dolores los dolores, y por todas partes y en todas las ocasiones las contrariedades cierran la salida á todos los caminos emprendidos, el espíritu desfallece y se acobarda, y hasta el intento de la propia defensa parece una insensatez. Águeda recorrió en un solo instante la larga lista de sus pesadumbres sin humano remedio, y se persuadió de que aquel hombre que tenía delante no era otra cosa que un instrumento más de que se valía la Providencia para probar el temple de su fe. Aceptóle como tal, y ya no pensó en rebelarse, ni siquiera en defenderse. Mas no por eso abandonó á su hermana en tan apurado trance.
—Supongo —dijo, cuando se halló fuerte y resignada en su misma abnegación—, que no entrará en los cálculos de usted el que sus propósitos se cumplan con riesgo de la vida de mi inocente hermana.
—¡Señorita! —exclamó don Sotero en el más santo y pío de los asombros—. ¿Cómo pudo usted imaginarse que en mis creencias religiosas cupiese tamaña inhumanidad!
—Entonces —dijo Águeda, con la voz debilitada por sus terribles luchas interiores—, es indispensable que yo la acompañe... De este modo —añadió con amarga sonrisa—, podrá usted vigilarnos á las dos á un mismo tiempo, y tener más en reposo la conciencia.
—Nada habrá, señorita —repuso don Sotero, frotándose mucho las manos—, á que yo me oponga, dentro de lo lícito y de lo justo, en los benéficos propósitos que me guían. Acompañe usted en buen hora á su hermana, que ambas caben dentro de la honrada pobreza de mi casa. Y si he de decir toda la verdad, me alegro en gran manera de que tome usted esa resolución, porque con ella tiene el hecho mejor disculpa á los ojos de los murmuradores. Esta noche es la verbena de San Juan; noche de ruido y de algazara. ¿Hay cosa más natural que ustedes, por lo doloroso y reciente del luto que llevan en el alma, deseen trocar esta vivienda, tan cercana al lugar de la fiesta, por la mía tan apartada y silenciosa? Que no llega mañana en todo el día el señor don Plácido; pues lo que digo de la velada, digo de la fiesta subsiguiente.
—¡Es asombroso —exclamó Águeda, mirando á don Sotero con sus ojos tristes y penetrantes— hasta qué extremo de previsión le conduce á usted el amor que nos tiene!
Después se acercó á la puerta y llamó á Pilar. Mientras ésta llegaba, se volvió al hombre negro y le preguntó:
—¿Cuándo ha de tener lugar nuestra marcha?
Á lo que respondió el preguntado:
—Si he de cumplir dignamente con los delicados deberes de mi cargo, no puedo salir hoy de esta casa sin que ustedes me acompañen á la mía.