—¡En su casa de usted!... Pero ¿por qué, Dios mío? ¿No es mi hermana? ¿No he quedado yo á su cuidado? ¿No es esta casa la casa de mis padres?... Y usted ¿quién es para atreverse á tanto?

—¿Á qué repetirlo otra vez, señorita? —dijo don Sotero con una mansedumbre y una compunción edificantes—. Ya he tenido el honor de decir á usted varias veces que, para expiación de mis pecados, tocóme ser por ahora, al lado de ustedes, el representante de aquella santa mujer, tan celosa del bien de las almas de sus hijas. Con la autoridad que me da este cargo, tan lleno de espinas y sinsabores, y, sobre todo, con la ayuda de Dios, pienso llevar á buen término esta determinación, concebida y meditada con todo el reposo que la gravedad del trance requiere, aunque al hacerlo lastime ciertos sentimientos...

—Pero ¿dónde está ese riesgo para mi hermana? —interrumpió Águeda, creyendo perder el juicio en aquel trance, jamás imaginado por ninguna mujer honrada—. ¿Quién puede quererla más que yo? ¿Dónde más segura ha de hallarse que en la casa de su madre?

—En la casa de su madre, señorita —repuso el pío varón—, y al lado de su hermana, está expuesta al mal ejemplo que no verá en la mía. Contra quien da ese ejemplo nada puedo yo, porque está, por su edad, fuera de la jurisdicción de mi cargo; pero debo, en conciencia, evitar el contagio de esa peste, y eso voy á hacer, sin pérdida de un solo momento, recogiendo á la niña hasta la venida de su señor tío, á quien debo entregársela tal como á mí me la entregó su señora madre moribunda. Después, él hará lo que juzgue más acertado, en su doble carácter de pariente y de tutor.

El sentido que envolvían estas palabras era un afrentoso ultraje para la desvalida doncella. Encendiósele el pálido rostro de vergüenza, y en medio de su angustia sin ejemplo, lejos de pensar en justificarse ante aquel indigno acusador, respondióle al punto, movida sólo del interés de su inocente hermana:

—Y ¿cómo ha podido usted imaginarse que basta concebir una indignidad para verla puesta en obra sin tropiezo? ¿Así se atropella y se escarnece á una familia honrada? ¿No hay ya justicia en la tierra que ampare á los débiles contra los inicuos?

—¡Líbreme Dios, señorita —respondió don Sotero humildísimamente—, de negar á usted el derecho de acudir á ese recurso humano! Á su alcance se halla á todas horas... Pero el paso tiene sus riesgos graves. La Justicia que la oiga á usted, tendrá que oirme á mí también; por duro y amargo que me parezca, expondré las razones en que me fundo para pretender lo que pretendo; y como el fallo, al cabo y al fin, ha de serme favorable, sólo habrá conseguido usted, con su recurso, dar al diablo que reir y no poco que murmurar á las gentes. He aquí por qué he preferido dar este paso con la mayor reserva, guiado siempre, señorita, aunque usted no me lo agradezca, del entrañable y desinteresado amor que me inspira cuanto se relaciona con el bien y el honor de esta ilustre casa.

—¡Lástima —replicó Águeda— que no pueda yo recompensar ahora mismo, en todo lo que valen, ese celo y ese amor que le merecemos á usted las hijas de la santa mujer á quien tan á menudo recuerda! Pero es muy extraño —prosiguió con la misma amarga ironía—, que usted, con esa previsión que tanto encarece, en lugar de hacer lo que pretende, no haya preferido venir á vigilarnos á mi misma casa, estableciéndose en ella con tan piadoso fin.

Á lo que respondió don Sotero, rasgando la boca un palmo más por cada lado, y haciendo una reverente cortesía:

—No me gusta ser molesto, señorita; y estableciéndome aquí, lo sería para ustedes, amén de carecer de la libertad y de los derechos que tengo en mi propio hogar.