Con el rabillo del ojo leía don Sotero éstas y otras reflexiones que Águeda se hacía; y como al propio tiempo observase que sollozaba, conmovíase también él, y aun se limpiaba los ojos con el inseparable pañuelo de yerbas. Duró la escena poco tiempo; hasta que el sensible varón lanzó un suspiro muy recio y se guardó el moquero en el bolsillo de su anguarina. Después dijo así, con una dulzura de voz que cautivaba:

—Á salvo ya de toda responsabilidad mi conciencia, por lo que á usted respecta, después de prevenirla que estoy al tanto de su, vamos al decir, olvido ó desconocimiento de las sabias advertencias de su señora madre (que eterna bienaventuranza goce por los siglos de los siglos), lo cual es tanto como quitar al pecado la disculpa de la ignorancia, paso, señorita, á la segunda y más dolorosa, pero necesaria parte de mi comisión de hoy, la cual se relaciona con su señora hermana de usted, la niña Pilar.

—¿También hay algo para esa inocente!

—Recuerde usted que de esa huérfana soy tutor y curador; y claro es que la responsabilidad que me alcanza en lo referente á su educación, es muy estrecha.

—Y ¿qué es lo que usted pretende de ese ángel de Dios?

—Alejarla de todo riesgo de que en su inocente imaginación caigan ciertas semillas, que más tarde habrían de fructificar para perdición de su alma.

—Pero... ¿cómo piensa usted lograrlo?

—Poniendo á la niña en lugar seguro.

—¿En dónde? —preguntó Águeda sin aliento ya.

—En mi casa —respondió con descarada firmeza don Sotero.