Esta brutal indirecta produjo en el alma tierna y pudorosa de la joven un verdadero estrago. Corriéronle lágrimas por las mejillas, y sólo el impulso de la indignación que sentía le dió fuerzas para responder:
—Ni con los títulos á que se ampara, adquiridos en mal hora, y sabe Dios cómo, reconozco en usted derecho alguno para faltar al respeto que me debe. Sin nuevos rodeos, y sin olvidar la distancia que nos separa, diga usted qué pretende de mí, y adónde se encaminan esas atrevidas observaciones.
—Pues sin rodeos, señorita —replicó don Sotero, gozándose en tener tan á la mano la ocasión de vengarse de la altivez con que la joven le había tratado—, necesito decir á usted que he visto tres veces, en muy pocos días, salir de esta honrada casa al hombre á quien arrojó de ella su difunta madre de usted; que conozco los propósitos que aquí le traen, y que, cumpliendo con el sacratísimo deber que se me ha impuesto, vengo hoy á tomar la única medida que está á mis alcances para dejar á salvo la responsabilidad de mi cristiana conciencia.
—Y ¿qué medida es la que piensa usted tomar en mi casa? —le preguntó Águeda, acentuando mucho las últimas palabras.
—Con respecto á usted—dijo el hombre, volviendo á dulcificar su voz y sus restregones de manos—, aconsejarla...
—¡Aconsejarme á mí!... ¡un hombre como usted!
—Cuando menos, recordarla el deber en que me hallo de hacerlo así.
—No hay tal deber, mientras usted no sea capaz de cumplir con él... aun cuando existieran los motivos con que usted disculpa su inaudito atrevimiento.
—Siento tener que repetir, señorita, que los motivos existen... con algo más que usted misma ignora y no alcanzó á prever su sabia madre, pero que yo evidenciaré con pruebas irrecusables, si las circunstancias lo exigieren. En cuanto á mi suficiencia para cumplir ese encargo de una santa moribunda, paréceme que la delicadeza del encargo mismo, la alta procedencia que trae, la honradez de mi intención, el desinterés de mi cariño y el santo temor de Dios en que me inspiro, prendas son que la abonan y enaltecen... Y en todo caso, lo escrito, escrito está. Cuanto usted me diga en son de protesta, entiéndese que contra ello va, no contra mí, porque mandado soy, por mal de mis pecados, por aquélla á quien usted debe respeto y admiración.
Lo más triste para Águeda en tan bochornoso trance, era que no sabía qué responder á las últimas razones de don Sotero. Aquel hombre sería un pícaro y un atrevido; pero, en honor de la verdad, el testamento de su madre y su aparente delincuencia le autorizaban, en rigor de justicia, para hacer lo que estaba haciendo. Resistirse á sus advertencias, equivalía á desconocer la autoridad y el mandato de su madre. ¡Podía inventar el mismo Lucifer conflictos más insuperables que los que perseguían á la desdichada?