Aquí alzó Águeda los ojos, y los fijó en lo que se veía de los de don Sotero, que continuó de este modo:

—Por la segunda cláusula se ordena que cuide, vigile y hasta enderece á buen fin, si se torcieren, las inclinaciones, vamos al decir, de ustedes, en un caso que no hay para qué mencionar en este instante.

Águeda sintió, al oir estas palabras, una impresión indefinible, pero insoportable: el secreto de su corazón, santificado por el martirio, iba á ser profanado por aquella lengua repugnante.

—Siga usted —dijo con heróica decisión, tras un instante de silencio.

Y siguió de esta suerte don Sotero:

—En vida de la santa mujer, á quien todos lloramos, se arrojó de esta casa á un hombre, cuyas miras en ella eran tan notorias como su escandalosa rebeldía á la ley de Dios.

—¡Adelante!

—En el supuesto de que usted me ha comprendido, no me detengo á decir qué clase de miras eran aquéllas, ni á ponderar, como debiera, lo atinado y cuerdo, previsor y cristiano de la medida tomada con el precitado sujeto... cerrándole estas puertas.

—¡Acabe usted pronto! —dijo Águeda con imperioso ademán.

—Siendo atinada, cuerda, previsora y cristiana la medida —prosiguió don Sotero fortaleciéndose y serenándose á medida que la joven se exaltaba—, claro y evidente es que el rebelarse contra ella, ni es cristiano, ni previsor, ni cuerdo, ni atinado.