—¿Se puede pasar?

El efecto que esta voz y aquellos golpes causaron en la joven, puede calcularse sabiendo que en aquel mismo instante volvía á contar hasta las horas que podría tardar en aparecer el tan esperado don Plácido á la puerta de su casa.

No respondió una palabra; pero don Sotero, fingiendo haber oído que se le mandaba entrar, entró.

Si Águeda se hubiera atrevido en aquel instante á mirarle con un poco de atención, podría haber observado en él grandes señales de inseguridad y hasta de zozobra. El resobeo de sus manos era muy nervioso, y sin el ritmo dulcísimo que le era peculiar; temblábale la barbilla algunas veces; su mirada, sin dejar de ser punzante, carecía de firmeza, y en el verde sucio de su tez predominaba el ocre con veladuras de cardenillo; señales todas de que la bilis y los nervios traían al hombre, á la sazón, á mal traer.

Después de los saludos y reverencias de costumbre, dijo así con voz enronquecida é insegura:

—¡Será permisión de Dios, señorita, que siempre que me acerque á usted, de algún tiempo acá, haya de ser para ocasionarla un disgusto, no obstante la rectitud y el desinterés de la intención que me guía!

La joven, disimulando la tortura en que se hallaba, permaneció en silencio y atenta sólo á su labor. Don Sotero prosiguió así:

—En su día tuve la honra de poner en conocimiento de usted dos de las cláusulas más importantes del testamento de su señora madre (que en santa gloria sea).

El mismo silencio por respuesta. El hombre negro añadió:

—Por la primera de ellas, nómbraseme tutor y curador de la niña Pilar...