XX
LOBO Y CORDERO
Llegó la víspera de San Juan, y con aquel día eran ya tres los pasados sin que don Sotero pusiera los pies en casa de los Rubárcenas. Águeda le suponía entretenido en la tarea á la cual dió el celoso administrador tanta importancia en la entrevista que el lector recordará. Un día más transcurrido así, y la atribulada joven se vería libre para siempre de la odiada presión que sobre ella ejercía aquel antipático personaje. Porque don Plácido no podía tardar más que ese tiempo en llegar á Valdecines, si vivía, y tenía que vivir, porque le parecía imposible que hasta de ese amparo la privara su desdicha.
De esta suerte discurría Águeda cuando, por breves instantes, lograba apartar su pensamiento de las hondas y enconadas heridas de su corazón. Estas eran su perenne martirio, su cruz, su agonía sin el consuelo de la muerte. ¿Qué habría sido de Fernando después de su última y desgraciada tentativa de reconciliación!... Y ¡qué sería de ella, obligada, por una burla cruel de la desgracia, á ser, en tan bárbaro suplicio, víctima, juez y verdugo á un mismo tiempo!
Entre tanto, los vecinos de la corralada de don Sotero andaban asombrados al saber que éste había comprado medio celemín de cal viva en la tejera, y hasta cerca de tres cuarterones de clavos trabaderos en la fragua. Además, se habían oído en la casa fuertes martillazos y como ruido de muebles que se arrastran; era notorio que Celsa hizo, en una sola mañana, más de tres viajes á la fuente, con escala y botijo; y, por último, se había visto á Bastián asomado un instante á la ventana, con una escoba amarrada á la punta de un palo, y el palo, la escoba y Bastián revocados de blanco, como si él y el palo y la escoba se hubieran zambullido en el tinajón de la harina. ¿Qué ocurría en aquella casa, de ordinario tan sucia, desmantelada y silenciosa? Para ponernos en camino de averiguarlo, volvamos á la de Águeda.
Cabalmente se hallaba ésta en un momento de reposo y de relativo bienestar, cuando se oyeron á la puerta del gabinete en que hacía labor, aquellos golpecitos acompasados y aquella voz melosa, que ya en otra ocasión oímos, preguntando: