Sabía leer el ama del cura, y se llenó el cuerpo de cruces cuando pasó la vista por aquel documento, que también ojeó Bastián, y palpó Celsa por no conocer la O.
—Ya lo veis —prosiguió el humildísimo don Sotero, guardándose en el bolsillo de su chaquetón el papelejo—. El crimen no puede estar más comprobado. ¿Cómo no había de saberme á hieles la noticia de la conversión de ese tunante! Todos los que me escucháis tenéis una conciencia y sois cristianos como yo: es preciso que me ayudéis á desenmascarar al impostor, para librar de su yugo abominable á esa honrada familia, tan querida de mi corazón; ¡es indispensable hasta que el pueblo le apedree, si persiste en sus criminales intentos!...
—¿Y qué hay que hacer para eso? —preguntó el ama del cura, tan llena de buena voluntad como vacía de malicias.
—Una cosa muy sencilla —respondió don Sotero—. Desde este instante, usted y cada uno de nosotros debemos ocuparnos en divulgar lo que yo he referido... pero sin descubrirme á mí: ¡mucho cuidado con esto! ¡Que corran las noticias como si el viento las llevara, y que no quede cocina en el pueblo donde no entren antes de la noche!... Por lo que respecta á la interesada y al señor cura, queda de mi cargo instruirlos en tiempo y modo convenientes. ¡Que no sepan por vosotros ni una palabra siquiera, ó la buena obra se desgraciará en flor! ¿Me entendéis? ¡Guerra á muerte al impío, al sacrílego impostor! Os la impongo como un deber de conciencia. ¡Guerra sin cuartel! ¡Guerra hasta el exterminio!
Y no dijo más el santo apóstol; pero con un ademán muy expresivo, dejó limpia de gente la sala, como si la hubiera barrido con una escoba.
No por la gravedad que á sus ojos revestía este incidente, olvidó el que tanto le preocupaba cuando llegó el ama del cura; antes le prestó mayor atención todavía que al principio, porque, en su concepto, se enlazaban en gran manera los dos. Así es que llamó á Bastián á la sala, y con parecido preámbulo al que conocemos, le dió el recado que entonces no pudo darle.
Salió Bastián á la carrera, y don Sotero se encerró en su alcoba, con el gorro sobre el cogote, crispados sus pocos pelos descubiertos, reluciente el cuero bruñido de su faz, y saltándosele de las órbitas los ojos sanguinolentos.
Dos horas después, la biografía del pobre Fernando, hecha sobre los apuntes que conocemos, andaba de boca en boca, corría todas las del lugar, y, á medida que se propagaba, iba adquiriendo nuevos y más peregrinos rasgos.
Cuando el runrún llegó á la botica y cayó sobre él la bocaza del maestro, el hijo del doctor Peñarrubia era ya un indultado de presidio, en el cual estuvo nueve meses por robo y envenenamiento.
Aquella noche no hubo palos allí, porque el pedagogo era un cobardón, y á don Lesmes le agarró el bastón el boticario, saltando sobre la mesa cuando el cirujano le enarbolaba para cascar las liendres al deslenguado.