Entonces volvió á reinar en el pueblo el ordinario y tradicional silencio; pero fué la tregua de corta duración. En cuanto el sol cayó detrás de las cumbres del poniente, y fué perdiendo el cielo las tintas sonrosadas del crepúsculo, y se disipó el empedrado celaje, señal infalible de que el nordeste, enemigo declarado de nubes y aguaceros, había de reinar al día siguiente, y comenzaron á brillar las estrellas, un mocetón que lo entendía y se reservaba para aquella ocasión, trepó al campanario y echó un repique de maestro, con admiración y aplauso de chicos y grandes, que correspondieron á la proeza con una relinchada que aturdió á Valdecines, y salió valle afuera en alas del fresco terral, entre el eco sonoro de las campanas y el estampido de los cohetes que el mayordomo lanzó, espadaña arriba, en aquel solemne instante.
Los chicuelos y gente menuda que rodeaban el seco montón de escajos, y discurrían en torno á la sucursal de la taberna que se había establecido bajo los árboles, sobre la pértiga de un carro, tomando el ruido y vocerío por señal de comienzo de la fiesta, prendieron una mata á prudente distancia de la pila de rozo, y sobre la mata, ardiendo y chisporroteando, cayeron otras dos; y el punto luminoso que formaron en medio de la obscuridad de la noche, fué el aguijón que puso en declarada carrera á la gente moza que le vió y se dirigía hacia el lugar de la fiesta, con relativa parsimonia, por todas las callejas de la aldea.
Llenóse de figuras donosamente cómicas aquel cuadro, que parecía capricho de Teniers por lo alegre, y de Rembrandt por la luz que le alumbraba; y fué la hoguera creciendo, creciendo, saltando los muchachos sobre el centro de ella, primero, á excitación de los grandes; después por un extremo, y luégo por ninguna parte; pues el fuego formaba ya una pirámide tan alta como las primeras ramas de los vecinos álamos. Á todo esto, el mocetón del campanario no daba señales de cansarse; los relinchos no cesaban abajo; debían de pasar de tres docenas los cohetes disparados hasta entonces, y la carral de vino tinto, acostada sobre la pértiga, comenzaba á verse rondada por la sedienta y animosa juventud.
Pero no era el riojano mosto, ni tampoco el campaneo, ni la incipiente hoguera, ni lo que ésta podía llegar á ser, la salsa de aquella fiesta. Lo que todos esperaban y había de dar el tono á la velada y bríos á los menos animosos, llegó cuando el mocetón del campanario se cansó, y se hubo trancado la puerta de la iglesia, y no quedaron otros ruidos en sus inmediaciones que la algarabía incesante de los muchachos, el hablar recio y el obstinado relinchar de los talludos.
Y fué que por tres callejas de las que desembocan en la braña, aparecieron las más garridas mozas y cantadoras de mayor renombre, tañendo las sonoras panderetas y echando cada tonada, de cuatro en cuatro, lo menos, que levantaba en vilo á los oyentes.
Bastián, en mangas de camisa, con la chaqueta enarbolada en un palo, el sombrero tirado hacia atrás, la bocaza abierta y las babas entre los dientes, iba delante de una de estas comparsas. Cuando llegaron todas á la braña, la hoguera las saludó con tal respingo, que llegó con la ondeante cúspide de las llamas, casi casi á la altura del tejado de la iglesia. Lo que quedaba libre del campuco se llenó de gente, y aún sobró de ella para esparcirse por las contiguas arboledas.
¡Entonces se armó allí la tremenda! Cuatro cantadoras con sendas panderetas se acomodaron en otros tantos asientos que la rústica galantería de los mozos improvisó en el acto; hizo corro la muchedumbre alborozada á dos largas filas de bailadores que se formaron instantáneamente; y al compás de los sonoros y encascabelados parches, recién templados al calor de la hoguera... ¡adiós yerba de la braña en aquel tramo, que polvo fué pronto bajo los anchos pies de los danzantes; y adiós polvo también, que en espesa nube se le vió subir más alto que las campanas, entre las chispas del rozo que no cesaba de caer, mata á mata, en el foco enorme de aquella lumbre crepitante!
Y cátate, lector, que en esto comienza el traca-raca-trá-tra de las tarrañuelas con que algunos mozos, diestros en manejarlas, sorprendieron á la muchedumbre, y cuyo charrasqueo repetían y multiplicaban los ecos del frontón de la iglesia y de la bóveda de los árboles de enfrente, entre el incesante sonar de los panderos y el alternado vocear de las cantadoras... ¡y aquello fué un delirio! delirio que acometió hasta á los viejos allí presentes, que si no salieron á bailar al corro, se zarandearon de firme en el sitio en que se hallaban, y mecieron el ya tibio pensamiento en un columpio de gratas y refrigerantes memorias.
Como estas cosas sucedían tan cerca de la hoguera como lo consentía su calor, brillaban los rostros ardorosos de los danzantes, y se podían contar las pintas, los remiendos y las pegas de las alegres sayas de las mozas, y distinguir la que llevaba medias de la que iba en pernetas ó de la que estaba descalza, pues de todas había; y tanta era la luz que á la sazón derramaba la hoguera, que transformaba, ante los fascinados ojos, en transparentes jirones de verde gasa el espeso follaje de los árboles, y aun llegaba á la carral de vino con fuerza bastante para que desde la braña se conociera, con sus pelos y señales, á todos y á cada uno de los agazapados bebedores; en la pared de la iglesia se leían cuantos letreros habían escrito allí los muchachos con carbón; relucía el entonces mudo metal de las campanas, como si ardiendo estuviera también, y hasta en el cielo parecía haberse extinguido el fulgor de los astros.
Así es que pudo verse perfectamente á Bastián, que no perdía baile; que bailaba por tres en cada uno, y que en cada breve descanso se largaba muy ufano á matar el gusanillo de la sed en la precitada sucursal de la taberna. Bien pronto se puso que echaba fuego por los ojos, y público fué que Tasia le arrimó un soplamocos por yo no sé qué irreverencia cometida por el gaznápiro en una rápida mudanza. Díjose también que de alguna otra muchacha recibió aquella noche igual obsequio que de Tasia por idénticos motivos; y es dicho muy creíble, porque á media jornada del jolgorio andaba el buen sobrino de don Sotero hecho una pólvora.