Con lo indicado tiene el lector lo bastante para saber lo que pasó en la hoguera de San Juan en Valdecines, en la ocasión de que vamos hablando; y hágase cuenta de que ya sabe todo lo que pasa en las demás hogueras de la Montaña, precursoras de la fiesta del lugar, salva la diferencia de algún detalle que no conviene más que á las de San Juan, como estos pocos que voy á mencionar, á fuer de minucioso y puntual historiador.

Es el caso que, no bien consumió la fogata el último escajo del acopio, y la gente se quedó á obscuras, comenzó el pacífico desfile de los más, con rumbo á los respectivos hogares. Los menos, es decir, una pandilla de mozos casaderos, enamorados y correspondidos los unos, pretendientes á secas los otros y aspirantes á serlo los demás, después de tomar un trago en la ya extenuada carral de la arboleda, que poco después fué arrastrada de allí á su correspondiente metrópoli, corrieron á la cercana casa de uno de ellos, donde había, sobre una cama, hasta una docena de arcos revestidos de flores naturales y olorosas. Tomó cada cual el que le pertenecía, y sobró uno, que era el de Bastián; y entonces se supo que éste, empapado en vino hasta los huesos, y no muy firme de pies, había marchado hacia su casa mucho antes de apagarse la hoguera.

Dejando el arco sobrante, salieron otra vez á la calle los alegres mozos; y entonando perezosas baladas, y poniendo, en obsequio á la moza de sus pensamientos, un arco en esta ventana, que se alcanzaba con la mano, y otro en aquel balcón á fuerza de fuerzas, y encaramándose el más ágil sobre los hombros del más fuerte, se pasaron el resto de la noche; y ya querían como asomar los barruntos del crepúsculo sobre las cimas de las montañas fronteras á Perojales, cuando se fueron á descansar, despeados y enronquecidos.

Mientras ellos se acostaban, las revoltosas muchachas, que apenas habían pegado el ojo pensando en la travesura que tenían preparada, echáronse á la calle con sendos ramos de espinoso acebo al hombro. Reuniéronse en la ya desierta braña de la iglesia, donde se veía la enorme calva, hecha por sus mismos y otros tan saltadores pies, en el fino, verde y tupido césped, muy cerca del negro montón de ceniza que había dejado allí, por todo rastro, la hoguera; y en alegre comparsa, por la burlona Tasia dirigida, encamináronse, alumbradas ya por los tibios rayos del sol naciente, á la mies cercana. Allí, entre cháchara y bureo, fueron clavando ramos en otros tantos maizales sin resallar; y como no eran muchos los que se hallaban en tal atraso de labores, tuvieron las pícaras tiempo sobrado para recorrer todas las mieses del lugar sin que lo advirtiera el vecindario.

Y ahora sábete, lector, por remate y fin de este capítulo, que no llegaron á seis los ramos puestos; pero que ¡oh dolor de los dolores é inclemencia de las inclemencias! de aquellos ignominiosos sambenitos, más de la mitad se alzaban en tierras del pobre Macabeo.


XXIII

LA MORAL DE AQUEL CASO