No es fácil cosa describir el cuadro de ideas encerrado en la mente de Águeda mientras fué desde su casa á la de don Sotero. Había en él sombras y contornos terribles; esbozos de colosales figuras; tintas indecisas y vagas; confusión, desorden, ruidos extraños que la aturdían y amedrentaban; pero ni una sola concepción detallada y en reposo, en que fijar la atención y dar rumbo al pensamiento. En tal estado de aturdimiento entró en el viejo caserón, y llegó, conducida por el atento y comedido mayordomo, á la alcoba en que la hallamos encerrada cuando el tío y el sobrino hablaban de ella, según queda puntualizado más atrás.

Agarrada con ansia á su mano, y medio envuelta entre los pliegues de su vestido, la acompañó Pilar, mirando horrorizada cuanto había que ver en la vetusta guarida de aquel hombre que se llevaba á las dos huérfanas, como si fuera amo y señor de ellas, y no su servidor asalariado. Jurara la pobre niña, cuando llegó al estragal y fué subiendo la derrengada escalera, y atravesó el tortuoso y obscuro pasadizo, y luégo el desamparado salón, y, por último, se vió encerrada en la alcoba, que todo aquello que le sucedía era la realidad de una pesadilla que más de una vez la había atormentado durmiendo. Era frecuente en ella soñar con casas muy grandes, muy viejas y muy solas, llenas de rendijas y de lamparones, con los techos negros y ahumados y cubiertos de telarañas, en las que se bamboleaban, cabeza abajo y mirándolas con ojos de basilisco, enormes murciélagos; los suelos, medio devorados por la polilla, inundados de ratones que corrían por todas partes sin hacer ruido; cuartos entreabiertos y obscuros como la noche; desvanes sin fin atestados de muebles viejos muy raros y con las patas hacia arriba, figurando ladrones y difuntos y almas en pena; y, por último, allá en el fondo de todo este conjunto de cosas espantables, un hombre como don Sotero, andando siempre, y sin llegar nunca, hacia la pobre niña, que ya se daba por muerta y comida de ratas y culebrones... hasta que el exceso del espanto que sentía la despertaba. Pues casi todo esto que tantas veces había soñado, tenía entonces en realidad y verdad delante de los ojos: ni siquiera faltaba el hombre negro y gordo; no mudo, silencioso y á lo lejos, como en la pesadilla, sino á media vara de distancia, con voz que se oía y pies que sonaban al andar, y una intención que sólo Dios podía penetrar en aquel instante.

Y eso que ni el mismo lector que la vió días atrás, conociera la casa de don Sotero cuando las huérfanas entraron en ella. Estaban las paredes de la alcoba y las de la sala, recién blanqueadas; tan recientemente, que aún se veían en el suelo y en las puertas los regueros de la lechada, y se olía la cal húmeda, como si acabara Bastián de extenderla con la escoba; y las mayores aberturas del tillado estaban medio tapadas con listones, en bruto sí, pero bien afirmados con clavos trabaderos; se había barrido la alcoba y sacado de ella el arcón viejo; la mesa no tenía encima más que el tapete y la palmatoria; en la cama había almohadas con funda limpia y una colcha en buen uso; y, por último, arrimadas á la pared, hasta dos sillas útiles.

—Están ustedes en su casa —dijo don Sotero en cuanto introdujo en la alcoba á las dos aturdidas huérfanas—. No es un palacio como el que merecen los ilustres huéspedes que la honran; pero hay lo necesario en ella, y, sobre todo, una voluntad sin límites para complacer á ustedes en este humildísimo y reconocido servidor.

Águeda y Pilar, sin oir á don Sotero ni fijarse en los pormenores del cuarto, se sentaron maquinalmente en las dos sillas.

—No he puesto —prosiguió el santo hombre— más que una cama, porque supuse que ustedes querrían estar juntas el poco tiempo que yo tenga la honra de hospedarlas en mi casa... Sobre esta mesa hay cerillas y vela, para cuando necesiten luz... En cuanto á comida, Celsa, mi ama de llaves, tiene orden de darles cuanto pidan y necesiten, y á las horas que lo deseen... Con media voz que se le dé desde esta puerta, acudirá en un instante... No es un primor de belleza; pero sí muy servicial y cariñosa... Por esta ventana entra, desde media tarde, un aire fresquísimo y sano; y, asomándose á ella, se descubren hermosas vistas... Excuso decir á ustedes que, como toda la casa, esta sala, tan espaciosa y desocupada, está á su disposición. Con la puerta del balcón entreabierta, es un hermoso paseo de verano... En aquella alcoba de enfrente duermo yo... No teman molestarme llamándome siempre que de mi inutilidad necesiten... En fin, señoritas, repito que están ustedes en su propia casa; y añado que me creería venturosísimo y pagado con usura, en lo que al desinterés y noble objeto de ésta mi determinación se refiere, si lograra yo infundirles un poquito más de confianza, siquiera hasta verlas risueñas y descuidadas, como quien llega al hogar de su mejor amigo después de verse fuera en grave riesgo de muerte.

En vano esperó don Sotero una sola palabra por respuesta á todas éstas suyas, dichas casi con lágrimas en los ojos. Águeda parecía la estatua de la tristeza, y la inocente Pilar la imagen del espanto.

—En vista de lo cual —añadió don Sotero, aludiendo sin duda al silencio de las huérfanas—, tengo el honor de despedirme de ustedes por ahora, para dar algunas disposiciones relativas á su mayor comodidad.

Hizo una profunda reverencia, y salió de la alcoba, dejando la puerta cerrada con el pestillo.