En cuanto las dos hermanas se quedaron solas, Pilar se abrazó á Águeda y le dijo llorando:
—¡Ay, Águeda, qué miedo tengo!... ¡Vámonos de aquí!
La joven recogió entonces sobre la cabeza el velo de su manto, y dejó ver el hermoso rostro pálido y desencajado. Besó á su hermana, abrazándola también estrechamente, y la respondió:
—Tranquilízate, hija mía, que nada malo puede sucedernos. Ya sabes á lo que hemos venido; y tengo la seguridad, porque Dios me la infunde, de que antes de pocas horas hemos de volver á nuestra casa... Para que se te hagan más breves, reza al Ángel de la Guarda; ¡pídele de todo corazón que no te abandone un momento!...
—¡Si ni siquiera me acuerdo de esa oración, Águeda, con el miedo que tengo!
—No importa; que con el corazón se reza, y no con las palabras. Inténtalo y verás cómo lo consigues.
Pilar, sin separarse de su hermana, cruzó sus blancas manecitas; y cerrando los ojos llorosos, por no ver lo que la rodeaba, comenzó á poner por obra el consejo de su hermana, entre suspiros de angustia y estremecimientos de espanto.
Águeda quiso rezar también, pero no pudo lograrlo ni con la intención. Tenía mucho más miedo que la niña, aunque le disimulaba mejor; y no seguramente á los ratones ni á los fantasmas del otro mundo. Desde que se sentó en la silla que en aquel instante ocupaba, la confusión de sus pensamientos fué disipándose rápidamente. Á los turbios celajes del crepúsculo, sucedió la viva luz del día; y las montañas se perfilaron sobre el horizonte, y los cerros se alejaron de las montañas, y el valle no podía confundirse con el cerro. Cada cosa estaba ya en su sitio, con la forma, el color y el tamaño que debía tener. Había cesado la alucinación, y la realidad aparecía delante de los ojos de Águeda.
Ya no podía creer ésta que la exigencia de don Sotero de llevar á su casa á la inocente niña, reconociese por motivo el que él la había manifestado, estando para llegar de un momento á otro don Plácido, que nunca aprobaría un exceso de celo y de precaución semejante. Esto, aun creyendo á don Sotero tan escrupuloso como él se pintaba á sí propio; pero teniendo de él la idea que Águeda tenía, y sabiendo los esfuerzos que había hecho para que el otro testamentario ignorase todo lo ocurrido, como lo sabía ella con entera evidencia, por declaración de Macabeo, ¿cómo dudar que en los ya realizados propósitos del aborrecido administrador había una intención oculta? Y ¿qué intención era ésta? Aquí se perdía Águeda en un cúmulo de conjeturas y supuestos; pero temblaba de espanto, porque siendo evidente la intención, debía ser infernal cuando el siniestro personaje se atrevía, guiado por ella, á cometer un atropello que podía llegar á ser escándalo y motivo de una gravísima responsabilidad para él. La imaginación de Águeda, con la espuela de tales pensamientos, volaba de horror en horror; y para que ningún tormento le faltase, su conciencia la acusaba entonces de no haberse defendido bastante contra la osada decisión del hipócrita. ¿Por qué temió la amenaza de que acudiendo á la Justicia en demanda de amparo contra el atropello, se pondría su buena fama en tela de juicio? ¿No había quedado ella sirviendo de madre á la inocente huérfana? ¿No era ésta la amenazada y perseguida? Y siéndolo, ¿podía Águeda creer que cumplía con sus estrechos deberes sólo con resolverse á correr el mismo peligro que su hermana? ¿No debe una buena madre sacrificar honra y vida por salvar á su hija de un grave riesgo? Y ¿qué había hecho ella, en suma, sino conducir por su propia mano la oveja á la guarida del lobo?
Esta idea la aterró como ninguna otra; y por un instante se halló resuelta á salir á todo trance de aquel calabozo horrible con su hermana; pero oyó toser á don Sotero, y se sintió sin fuerzas para moverse de la silla.