Cuánto tiempo duraron estas meditaciones tumultuosas; cuándo las abandonaba un momento para consolar á su hermana, que á ratos la abrazaba, presa del mayor desconsuelo, ni ella misma lo supo. Volvió á perder la noción clara y precisa de las cosas; y el tiempo, y Pilar, y don Sotero, y Fernando, y aquella casa y los peligros que en ella pudiera correr, confundiéronse en un nuevo montón de sombras impenetrables, que ofuscaron el horizonte de sus ideas y fueron poco á poco estrechándolas, hasta oprimirlas y asfixiarlas, como asfixian y oprimen los plúmbeos lazos de una horrenda pesadilla.

Comenzaba á anochecer cuando don Sotero pidió permiso, con los golpecitos de siempre y su dulzura acostumbrada, para entrar en la alcoba. Recorríala entonces Águeda con febril desasosiego, mientras Pilar miraba á la calle, maquinalmente, por una rendijilla de la ventana, cansada ya de llorar, de temer y hasta de preguntar sin obtener respuesta.

Entró el hombre, á una breve y nerviosa indicación de Águeda.

—Vengo —dijo, suave y humildemente— á tomar las órdenes que tengan ustedes á bien darme.

—Nada se nos ofrece —respondió Águeda volviéndole la espalda, mientras la niña corría hacia ella y se agarraba á los pliegues de su vestido.

—En ese caso —añadió don Sotero—, réstame sólo advertir á ustedes para su gobierno, que mientras es hora de cenar, y siguiendo en ello mi vieja y piadosa costumbre, voy á la iglesia á rezar un poco. Celsa queda en casa para servirlas en cuanto se les ofrezca y cuidar de la puerta de la calle, cuya llave recogerá cuando yo salga. Dios nuestro Señor las acompañe á ustedes.

Dijo y salió, hecha la indispensable y acompasada reverencia. Se oyó el ruido de sus pasos alejándose, después el de la puerta principal que rechinaba al moverse, y el de la llave al trancarla... y después, ni el aleteo de un mosquito. El silencio y la obscuridad reinaron en la casa, como dueños y señores de ella en aquel instante. Pilar se hubiera vuelto loca de espanto, y Águeda poco menos, si alguna que otra vez no llegara á sus oídos el eco lejano de los cantares de la gente que se encaminaba á la hoguera, y el sonido armonioso de las campanas.

Sin estos rumores del mundo, donde había seres libres y contentos, las tristes prisioneras se hubieran creído sepultadas en las profundidades de un calabozo subterráneo.

Pilar recordó á su hermana que había fósforos sobre la mesa. Águeda, á tientas, dió con la caja y encendió la pringosa vela de sebo. Pero aquella luz sólo servía para hacer más patente á los ojos de las prisioneras el pavoroso cuadro de su prisión. Pilar, considerando que estaba expuesta á pasar allí toda la noche, volvió á llorar amarga y copiosamente; y Águeda conoció que había contado con fuerzas que no tenía cuando se resolvió en su casa á correr en la de don Sotero cuantos peligros pudieran amenazarla.

En esto vió la pililla colgada en la pared, y la cruz que tenía pintada en medio.