—Aunque profanada —dijo á su hermana—, aquí hay una cruz: hinquémonos delante de ella y recemos para pedir á Dios fuerzas y amparo... Ven, hija mía: arrodíllate junto á mí; cabalmente es la hora en que rezamos todas las noches el rosario á la Virgen.

Y uniendo la acción á la palabra, puso á Pilar á su lado; y ambas, después de arrodillarse, comenzaron á rezar, delante Águeda y respondiendo la niña. Pero ésta, en quien, por su edad, no penetraban las pesadumbres como en Águeda, trabajada por tantos y tan nuevos sobresaltos y cansada de llorar, respondiendo tarde y confusamente á su hermana, acabó por rendirse á los asaltos del sueño, que jamás se olvida de amparar á los niños con sus alas.

Cuando Águeda la vió plegarse sobre sus rodillas y abatir la rizosa cabecita, sentóse en el suelo y la acomodó en su regazo; y después de observar que estaba profundamente dormida, la cogió con sumo cuidado y, no sin dificultades, la tendió sobre la cama. Luégo volvió á arrodillarse y continuó rezando en silencio largo rato.

Entonces debía de hallarse la hoguera en su grado máximo de bureo, á juzgar por el ruido que de hacia allá venía, y el silencio que reinaba en la vecindad y, sobre todo, en la casa.

Éste era tan absoluto, que Águeda, cuando acabó de rezar, no se atrevió á moverse del sitio en que se hallaba. ¿Á quién llamar? ¿Quién la defendería si en aquella espantosa soledad se veía amenazada de algún peligro? Y si no había peligro que temer, ¿por qué y para qué estaban ellas encerradas allí?

De pronto oyó ruido en el portal; después en la cerradura; luégo el rechinar de la puerta.

—Será don Sotero —pensó tranquilizándose un poco—. Pero —se dijo en seguida temblando— don Sotero á estas horas y en tal ocasión, ¿no es el mayor enemigo que yo puedo temer? ¿De qué no será capaz ese hombre!

Pronto conoció que no era don Sotero quien subía dando grandes golpes y haciendo mucho ruido en la escalera, como el que anda á tientas en camino extraño y escabroso.

—Será Bastián —pensó la joven—. Si es él, ¡cómo vendrá, Dios mío!

Además de los golpes, se oían interjecciones y bramidos. Águeda tiritaba de miedo. Los bramidos y los golpes iban acercándose á la sala poco á poco. ¡Y don Sotero no había vuelto todavía, y á Celsa no se la oía en casa! ¿Qué horrible conjunto de casualidades era aquél?