Las pisadas, los carraspeos y los bufidos, llegaron á oirse junto á la puerta de la alcoba. Águeda se abalanzó á ella y quiso trancarla; pero no tenía llave la cerradura; intentó afirmar el pestillo, y no vió á su alcance con qué. Ocurriósele amarrarle con el pañuelo al tosco retenedor, y así lo hizo con cuanta fuerza halló en sus trémulas manos. Hubo en la sala unos instantes de silencio. Águeda aprovechó aquella tregua para entreabrir la ventana que daba á la calle. Pilar, en tanto, dormía profundamente. Volvieron á oirse rugidos é interjecciones, y la puerta de la alcoba fué violentamente sacudida. Águeda creyó en aquel instante que se convertía en escarcha toda la sangre de sus venas. Pilar despertó con el ruido, y, al ver el espanto de su hermana, se arrojó del lecho y se abrazó á ella.

—¡Silencio, por Dios! —la dijo Águeda al oído mientras la estrechaba contra su corazón.

—Pero ¿qué es?... ¿qué pasa? —preguntaba muy bajito la pobre niña.

—Nada, hija mía... nada de particular... que creí haber oído...

Otra sacudida más fuerte que la anterior dada á la puerta, dejó sin voz á Águeda y aterrada á la niña. Ésta creyó oir al mismo tiempo ruido en el corral. Díjoselo á su hermana, que, al oirlo, se lanzó á la ventana y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Socorro!

Á este grito, las sacudidas á la puerta de la alcoba redoblaron; pero el pestillo no cedió. Confiada Águeda en esta defensa, volvió á asomarse á la ventana, y de nuevo pidió socorro. Entonces se oyeron fuertes golpes á la puerta de la calle. Lejos de amedrentarse con ellos el que pugnaba por entrar en la alcoba, insistió con más bríos, y Águeda temió que el pestillo cediera ó que la puerta saltara hecha astillas. Apretó más los nudos del pañuelo, y permaneció sujetándole con las pocas fuerzas que la quedaban. Pilar, sin voz y medio accidentada, seguía todos estos movimientos con ojos de espanto. La resistencia de la prisionera parecía enfurecer al hombre de la sala. Crujían á sus golpes los inseguros entrepaños, y á cada golpe acompañaban amenazas y blasfemias.

Á veces las embestidas eran con todo el cuerpo, y entonces temblaba hasta el tabique y el retenedor del pestillo se removía. El nudo de la retorcida batista iba á ser inútil. Cuando Águeda cayó en ello, perdió las pocas fuerzas que le prestaba su desesperación.

—¡Virgen María! —clamó lívida de espanto—, ¡tu piedad me ampare, que yo no puedo más!

Se abrazó á su hermana, y las dos se acurrucaron entre los pies de la cama y la puerta. Tembló ésta en aquel instante de arriba abajo con sordo estruendo, como si hubiera caído sobre ella toda la casa; rechinó el roñoso hierro; saltó la hembrilla del marco hasta la pared frontera, y apareció en medio de la alcoba Bastián con las greñas sobre los ojos, éstos ensangrentados y centellantes, la bocaza reseca, negros los labios y manchada de vino y sudor la arrugada pechera de su camisa.