Al ver aquella horrible aparición, Águeda y Pilar lanzaron un grito, grito para el que no hay lugar en la escala de los imaginables sonidos, y sólo cabe en la garganta de quien muera cosido á puñaladas.

Tomóle Bastián por norte de su rumbo, porque al abrirse la puerta quedaron medio ocultas á sus ojos las dos hermanas; y embravecido por la no esperada resistencia que hizo acrecentar sus bestiales deseos, atrevióse á poner sus groseras manazas sobre el talle virginal de Águeda. Mas no bien lo hubo hecho, dos tremendos bofetones le tendieron de espaldas en el suelo, y dos brazos de hierro le sujetaron por la garganta en aquella postura.

—¡Macabeo! —gritaron á una voz Águeda y Pilar abrazándose á las rodillas del bravo espolique. En el paroxismo de su terror, no le habían visto entrar en la alcoba por la ventana. Verdad que el abrirse ésta, y el saltar el hombre dentro, y el llegar hasta ellas, fué obra de dos segundos.

—¡Daca la entraña, tuno!... ¡Daca la vida, perro! —decía Macabeo á Bastián, mientras le tendía y le sujetaba.

—¡La Virgen te envía en nuestro socorro! —exclamaba Águeda en el colmo del regocijo.

—Bien podrá ser, señorita —respondió Macabeo sin soltar á Bastián—; pero algo hay que agradecer también al breval de la esquina, por onde subí al tejado de Antón Roderas... porque el pasar de éste al de Sico Ñules y luégo al balcón, no tiene cencia maldita.

En esto se oyó una voz en el portal, que llamaba á Macabeo.

—¡Sin novedá, caráspitis! —respondió éste á gritos—. Y aguántese un credo, que allá vamos todos.

—¿Quién te llama, Macabeo? —preguntó Águeda anhelosa.

—Pues ¿quién ha de ser —respondió Macabeo— sino el mismo señor don Plácido en cuerpo y alma, que nos espera abajo?