—¡Dios mío! —exclamó Águeda cruzando las manos—; ¡y yo que me creía sola y abandonada del cielo y de los hombres!

Y mientras corría hacia la ventana, y Pilar la seguía saltando de gozo y llamando á su tío, y ambas pretendían bajar á reunirse con él sin saber por dónde, Bastián, en un momento en que el dogal opresor de su garganta aflojó un poco,

—¡Que me ahogas, Dios! —dijo balbuciente á Macabeo.

—¿Ónde está la llave de la puerta, bribón?

—Puesta la dejé al subir, Macabeo... ¡Mira que yo no me acordaba de esto!... Él me metió en el cantar... ¡Dios! Por su consejo me emborraché... ¡Brrrrffff!... ¡Entre tus manos debiera verse ahora, y no yo!...

—¿De quién hablas, animal?

—De ese hombre, ¡Dios!

—¿Quién es ese hombre?... ¡Dilo ó acabo de ahogarte!

—¡Mi tío, Macabeo!...

—¡Me lo temí, caráspitis!