Águeda, que había oído estas palabras de Bastián, se acercó á Macabeo y le dijo, asaltada nuevamente de los más horribles temores:
—¡Vámonos!... Salgamos inmediatamente de aquí... y perdona á ese desgraciado, como yo le perdono.
—Le dejo —respondió Macabeo soltando á Bastián—, porque usté me lo manda, y porque ya ha dicho cuanto yo deseaba saber.
Se quedó un momento observando al muchachón; y al ver que se hallaba muy á su gusto en aquella postura, libre de las ligaduras que antes le oprimían, cogió la vela que ardía sobre la mesa, y dijo á las jóvenes que se habían arrimado á él, llenas de miedo al saber que don Sotero había sido instigador de Bastián:
—Nada tienen ustedes que temer ya de los hombres; síganme, si les parece bien, y salgamos de esta cueva. Yo me encargo del lobo, si le topáramos escondido en dáque rendija.
Afortunadamente, no hubo necesidad de que Macabeo esgrimiera el garrote que sólo había soltado de la mano para derribar á Bastián. Las dos prisioneras salieron de la horrible cárcel sin nuevo percance, aunque con mucho miedo, y hallaron en el portal al bueno de don Plácido, que, por de pronto, las recibió entre sus brazos y en seguida las condujo á casa, llevando á la niña de la mano y dando el otro brazo á Águeda, mientras Macabeo, después de estrellar la vela contra el poste del portal, iba cubriendo la retirada de los tres, con harto sentimiento por no haber hallado á don Sotero en las encrucijadas del caserón.
Entonces llegaban á la corralada los primeros vecinos de ella que volvían de la hoguera. El atentado de Bastián no produjo el escándalo imaginado por don Sotero.