Según don Sotero iba tomando el pulso á aquel caudal tan abundante, limpio y saneado, se acostumbraba á considerarle como filón de mina propia; y tanto más le amaba cuanto más á fondo le conocía. ¿No era un verdadero escándalo que aquellas riquezas, con las que, bien manejadas, se pudieran remover hasta los fondos de toda la provincia, estuvieran en manos de tres mujeres incapaces, una por sobra de achaques y dos por falta de años y de experiencia?
Dos medios había á los ojos de don Sotero para arrancar aquel tesoro de manos indignas. Perseverar en la administración y cuidado de él, sin permitir que, con ningún pretexto, los gorriones se acercasen al trigo de las herederas, ó dar á doña Marta un yerno de la casta de don Sotero, lo suficientemente dócil y subordinado para que éste, y no el marido de Águeda, fuera el dueño del caudal acumulado de los Quincevillas y Rubárcenas. Bastián, ya mozo casadero entonces, servía para el paso; era tan tosco, tan bruto y tan feo, que no había que soñar en que Águeda le aceptase sin morirse de pesadumbre. Podía contarse con el apoyo de doña Marta, después que don Sotero la demostrara que era indispensable aquel enlace para la salvación de su alma y la de su hija; pero este intento no podía llevarse á ejecución sin ver antes lo que el cepillo de la educación labraba en la cerril naturaleza del muchacho. Al fin y al cabo, doña Marta había sido mujer de exquisito gusto y de talento extraordinario. Y cátate que don Sotero, aventurando en el lance algunos cuartos, envió á Bastián á la ciudad, por si la fortuna quería obrar el milagro de que la sujeción, el buen ejemplo y algunas enseñanzas le transformaran en persona decente, de una bestia que era.
Por entonces se conocieron Águeda y Fernando, y creyó ver don Sotero todos sus planes patas arriba; pero afortunadamente ocurrió lo que ya el lector sabe; y así, y con algo que puso también de su cosecha en el ánimo de la celosa madre el pío varón, salió éste con toda felicidad del apurado trance.
El cual podía volver á repetirse; y he aquí por qué no se descuidó un punto en arreglar las cosas convenientemente cuando la señora conoció que se iba á morir. De estos arreglos, hijos de su grande influencia con la santa mujer, también tiene noticia el lector por las cláusulas testamentarias que conoce.
Desde aquel instante comprendió don Sotero que no había que pensar en el siempre aventuradísimo proyecto de casar á Bastián con Águeda. Doña Marta no existía ya para ayudarle, y su hija, que había querido, y tal vez quería aún, á un hombre como Fernando, no aceptaría jamás á Bastián, ni con la amenaza del patíbulo. Lo que en adelante había que hacer era conservar á todo trance el imperio en aquella casa, y alejar de ella cuanto transcendiera á novios y parientes de las huérfanas. Por de pronto, necesitaba hallarse solo una temporadita en la testamentaría y arreglo de sus cuentas con la casa. De aquí sus esfuerzos para que don Plácido supiera lo más tarde posible la muerte de su cuñada y el cargo que ésta le había señalado en el testamento. Conocía, ó creía conocer, la insignificancia del solterón de Treshigares, y pensaba que éste daría por bien hecho cuanto él hiciera, y que se volvería á su pueblo, arrastrado por la fuerza de sus aficiones, tan pronto como llenara la fórmula de hacerse cargo del que le había conferido la voluntad de la difunta. Esta creencia fué causa de que don Sotero, cuando no logró de doña Marta quedarse solo al cuidado de las huérfanas, no hiciera grandes esfuerzos para evitar que le acompañara don Plácido.
Pero éstos y otros parecidos cálculos podían fallar á lo mejor, en el cual caso don Sotero necesitaba acudir á medios extraordinarios; y por eso le era indispensable tener á su lado á Bastián, instrumento inconsciente y grosero para cualquiera de sus diabólicas combinaciones.
Y los cálculos fallaron, volviendo á presentarse Fernando en casa de Águeda. Sabía el bribón lo que es la humana flaqueza; y aunque no dudaba de la arraigada fe de la hija de doña Marta, temíala por mujer y creía posible que, oyendo sólo á su corazón, perdonara á Fernando y se casara con él. De aquí sus esfuerzos para separar á los dos jóvenes. Pero en estos esfuerzos se corría el peligro de que Águeda se alarmase demasiado y de que llegara la alarma hasta Treshigares; y por eso, mientras vigilaba la estafeta con la habilidad con que él sabía hacerlo, no abandonaba un punto sus meditaciones sobre un proyecto que estaba decidido á realizar en un caso extremo. Y el caso llegó, como pudo ver el lector en casa de don Sotero cuando Bastián soñó recio con el viaje de Macabeo, y entró el ama del cura á dar la buena nueva de la conversión de Fernando. Con aquel paso, espontáneo ó embustero, del hereje, ó con la venida, ya muy próxima, de don Plácido, Águeda iba á ser libre, ora casada con el uno, ora amparada con el otro. Era preciso difamar á Fernando por todos los medios imaginables, y someter á la joven á una prueba tan terrible, que, por de pronto, la deshonrara á los ojos del pueblo entero, y á la vez la pusiera en la necesidad de aceptar á Bastián por marido, ó en la de no casarse jamás por falta de pretendiente. Ya se vió lo que hizo la maledicencia con respecto á Fernando. El encargo dado con tanto encarecimiento por don Sotero, de que no se hablara del caso á la interesada ni al cura, fué cuerda previsión del pícaro. Tanto la una como el otro, tenían sobrado talento para conocer la hilaza de la noticia en cuanto averiguaran su procedencia.
Para llevar á cabo la segunda parte del infernal proyecto, había que empezar por el secuestro de Águeda. ¿Cómo intentarle sin que ésta se resistiera? El lector lo ha visto ya: llevándose á la niña, sobre la cual tenía don Sotero cierta jurisdicción que no alcanzaba á su hermana. Indudable era que ésta había de seguirla para acompañarla. De este secuestro y de todas sus consecuencias se han dado sobradas noticias en los capítulos precedentes.
Tal era don Sotero en cuerpo y alma. Réstame añadir que tenía mucho dinero; no enterrado en la huerta ni en la cuadra, ni oculto entre las latas del tejado, como era versión corriente. Sobrábale apego al vil ochavo para no dejar los suyos tan indefensos é improductivos. Teníalos sembrados de modo que le produjeran buena y segura cosecha todos los años, y con un repuesto siempre disponible y á mano, aunque no en su casa, para sacar de apuros á un necesitado... con su cuenta y razón.
Excuso decir que este caudal era el fruto de sus rapiñas é iniquidades, desde que tuvo uso de razón.