—Pero, señor —decían las gentes de Valdecines que le miraban por el lado malo—: yo comprendo que la señora doña Marta, con las penas que la afligen, no caiga en lo pícaro que es ese hombre; pero el señor cura, tan listo, tan santo y con tanta experiencia, ¿cómo se deja engañar de él?
Á lo cual respondo yo que el cura de Valdecines no se dejaba engañar de don Sotero. Sospechaba que era un hipócrita siempre, y un sacrílego cada vez que comulgaba; pero esta sospecha no era bastante para echarle del confesonario cuando se arrimaba á él, lo menos una vez cada semana, ni de la iglesia todos los días, cuando en ella estaba reza que te reza y canta que te canta. Hincábase don Sotero delante del bondadoso párroco para acusarse de haber escupido en el templo sin necesidad, ó de haberse distraído dos veces rezando el rosario, ó de haber mordido un arenque después de comer un torrezno, sin acordarse de que en aquel día no era lícito promiscuar, ó de otras pequeñeces semejantes; y aunque el cura, sospechando lo muy gordo que el penitente se callaba, se entretenía un cuarto de hora en hablar del sacrilegio que cometen los que se acercan al comulgatorio con la conciencia impura, y del horrendo castigo que aguarda en la otra vida á los que en ésta tratan de engañar al mundo con un falso temor de Dios, el gazmoño bajaba la cabeza como si le escandalizara el peso de las ajenas culpas, y se iba á comulgar tan fresco y despreocupado. ¿Qué hacer con un pillo así? Ó matarle ó dejarle. Y el cura de Valdecines le dejaba, hasta el punto de no acordarse de él sino para pedir á Dios que le hiciera bueno, si sus sospechas de que no lo era no le engañaban.
Si en Valdecines hubiera habido sectas, ó siquiera partidos, ¡qué horrores se hubieran dicho de la comunión á que don Sotero parecía afiliado con tanto fervor!... porque el lector no ignora que en el mundo andan las cosas así.
En la mala fe de las disputas, tanto da el oro bruñido como la telaraña que sobre él cayó por casualidad. ¡Cuánto más á gusto y en paz viviríamos si cada cual se entretuviese en limpiar de telarañas el oro de sus devociones, en lugar de llamar al oro del vecino montón de telarañas, porque en él hay una que le ensucia!
Por lo que á mí hace, no dirá el lector que no predico con el ejemplo. Otro tanto sucedía en Valdecines, donde no se conocían los partidos ni las sectas á que he aludido. Los que tenían á don Sotero por un bribón, gloriábanse de señalarle como herrumbre del puro metal á que se había adherido, y jamás confundieron la una con el otro.
Continuando la interrumpida historia, digo que desde lugar conveniente pudo observar el muy tunante que el atentado por él dispuesto con diabólica astucia, no tuvo los testigos que se imaginó, porque en la barriada no quedó alma viviente que no fuera á la verbena. En cambio, vió llegar á don Plácido y á Macabeo, y subir á éste por el breval y los tejados contiguos á su casa, y salir de ella á las prisioneras bien escoltadas. La ira le embraveció entonces; y hay quien asegura que la desahogó sobre Bastián, á quien halló roncando en el sitio en que nosotros le dejamos tendido. ¡Como si el pedazo de bestia no hubiera extraído hasta la quinta esencia de la moral que cabía en el caso que el moralista le había pintado con tan vivos colores!
Lo que no dejó lugar á dudas fué que, puesto á considerar las consecuencias que el lance podía tener para él en casa de los Rubárcenas, se encogió de hombros y dijo, poseído de la mayor confianza en su serenidad y en sus recursos:
—Mañana nos veremos. ¡Lo que deploro —añadió, echando una mirada triste por suelos y paredes— es el gasto ocioso hecho en la jaula en obsequio á esos pájaros que se me han escapado de ella sin dejar siquiera las plumas entre los hierros!