Al día siguiente, mientras las campanas repicaban á fiesta y el pueblo se echaba á la calle con los trapitos de cristianar, y Macabeo se tiraba de las greñas después de haber contado los ramos que las pícaras mozas pusieron en sus heredades sin sallar, desayunábanse don Plácido y sus sobrinas: Pilar, como si nada hubiera ocurrido, pues el bienestar presente la hacía olvidar los sustos pasados; Águeda, trémula todavía y espantada, parecía haber envejecido diez años en pocas horas. Don Plácido la miraba á menudo de soslayo, y hasta hubiera jurado que blanqueaban sus antes rubios y dorados cabellos. Dábale pena la luz de aquellos ojos, que sólo servía para alumbrar los surcos del dolor impresos en cara tan hermosa, y no sabía cómo encauzar la conversación para distraer un poco á su sobrina y hacerla sonreir. Al último, y por probar de todo, dijo así:
—En cuanto á la razón de que, falto de noticias directas tuyas, no me llegaran por otro conducto en tantos días las referentes al triste suceso que se ha hecho público en toda la provincia por la importancia y calidad de persona tan visible como tu difunta madre, has de saber que se explica muy fácilmente. Por aquel entonces acababa yo de hacer la quinta experiencia, no más feliz que las otras cuatro, de cruzar la casta padua con la cochinchina, de tal modo y con precauciones tales, que me diera una nueva especie de siete moños rojos, dos charreteras amarillas y calzas de color de lagarto, cuando me dicen que el ejemplar que yo busco con tanto empeño le tiene el cura de Caminucos. Para llegar á Caminucos, que está peñas arriba, necesitaba yo, á un buen andar, dos días desde Treshigares; pero el asunto valía bien ese mal rato, y púseme en viaje. Hala, hala, y sube que te sube, aquí cayendo y allí resbalando, llego á Caminucos, doy con el cura, cuéntole el caso y háceseme de nuevas. ¡Todo su gallinero no valía cinco reales en buena venta! Por único regalo tenía dos quiquiriquís habaneros que le había enviado un sobrino indiano la primavera pasada, y ya le habían dado cincuenta disgustos revolviendo todas las gallinas del lugar y robando el grano hasta del arcón de los vecinos. Yo tuve esa casta, por tener de todo, y me deshice de ella si quise vivir en paz con los míos. Pues, señor, díceme el cura que quien debe de tener algo de lo que yo busco, es el escribano de Pindiales. Otros dos días de viaje, siempre subiendo. Pero las cosas ó se hacen en regla ó no se hacen. Así me dije, y emprendí la marcha; y sábete que en aquellas alturas ya no había hondonada sin su tortillón de nieve, más dura que una peña. Al fin, llego á Pindiales y veo al escribano. Hínchase el hombre de vanidad, como un pavo cebado, al saber el intento que yo llevaba; condúceme al corral con mucho misterio, ¿y qué crees que me enseña como cosa del otro jueves? Pues una papujona de la casta chica, de las que yo no quiero en mi casa porque las hay á patadas en toda la provincia. ¿Cómo habían de tener el escribano de Pindiales ni el cura de Caminucos ni el lucero del alba, casta que no había podido sacar yo! Esta reflexión me consoló un poco de lo infructuoso del viaje, y volvíme á Treshigares. En resumen, hija mía: entre idas, vueltas y descansos, pasé fuera de mi casa semana y media bien cumplida. Nadie se había movido de aquel pueblo, ni nadie había entrado en él en todo ese tiempo... ni siquiera el cartero de la comarca; pues no trayendo cartas para mí, única persona que allí escribe alguna vez, y sabiendo que me hallaba ausente, ¿á qué perder tiempo en aquella parada? Dos días después llegó Macabeo; dióme tu carta; añadió de palabra cuanto yo necesitaba saber; y sin echar siquiera un vistazo al gallinero, aunque dejándole bien recomendado, pusímonos en camino de este pueblo, y...
Aquí llegaba don Plácido con su relato, cuando le anunciaron que don Sotero deseaba hablar con él.
Águeda tembló de pies á cabeza al saber que se hallaba tan cerca del hombre que más terror y más repugnancia le infundía en el mundo, y huyó del comedor. Pilar salió tras ella, agarrándose á la falda de su vestido.
El solterón de Treshigares sintió que la sangre le hervía en las venas; que los dedos se le crispaban solos, y que la ira le ponía de punta los no muy abundantes cabellos de color de castaña.
—¡Que pase! —dijo, dominándose cuanto pudo.
Entró don Sotero con los resobeos, suavidades y reverencias de costumbre; y díjole don Plácido con una valentía inconcebible en hombre tan frío é indiferente á todo cuanto no fuera gallinas y modo mejor de criarlas:
—¡Usted es un infame, un hipócrita... un pillo redomado!
Don Sotero aguantó la descarga sobre el cogote, pues tan humillada tenía la cabeza, y quiso conjurar la tormenta con su táctica habitual de mansedumbre; pero don Plácido, más indignado cuanto más el otro se humillaba, atajó sus dulces palabras con éstas, que salían de su boca echando chispas:
—¡Mire usted que no soy lo que parezco! ¡Mire usted que cuando me atraganto con gazmoños, no respondo de mí... y que soy muy capaz de arrojarle á usted por el balcón, después de arrancarle á latigazos el pellejo!