El hombrecillo de Treshigares parecía haber crecido medio palmo al decir esto; y don Sotero no dejó de notarlo con el rabillo del ojo. Callóse como un muerto, y añadió don Plácido:
—Va usted á salir inmediatamente de esta casa, que jamás debió deshonrar con su presencia, después de elegir entre la renuncia solemne del cargo que con inicuos amaños obtuvo de la madre de sus inocentes víctimas, ó á dar cuenta de su atentado de anoche á los tribunales de justicia.
Convencido don Sotero de que en aquella ocasión era inútil todo fingimiento, se irguió poco á poco, y respondió con voz firme:
—El punto vale la pena de ser meditado... por mutua conveniencia. No tardará usted en conocer mi resolución.
Hizo una ligera reverencia, y se encaminó á la puerta por donde había entrado.
—Si tarda usted más de cuarenta y ocho horas en decidirse —díjole don Plácido—, saltaré por el único respeto que hoy me impide entregar el asunto al juez de primera instancia.
—Á todos nos conviene ser cautos en ese particular —respondió el pícaro volviendo la cetrina cara. Luégo, se fué.
Una hora después, las campanas volvieron á oirse; y el hinojo tendido alrededor de la iglesia y pisoteado por los chiquillos, que escogían las mejores entre las espadañas esparcidas con él, para hacer pitaderas, se olía desde los últimos rincones del barrio. La procesión iba á salir, y la misa, solemne y regorjeada, comenzaría luégo que el santo, llevado en andas por el alcalde y tres personas de viso, precedido del pendón y seguido del pueblo entero respondiendo ora pro nobis á cada latín del señor cura, volviera á entrar en la iglesia.
Rodeada estaba ésta de vendedoras de rosquillas, caramelos encarnados, perojillos tempranos, cerezas algo tardías, agua de limón y avellanas tostadas. Los chicos andaban oliendo las unas, tentando los otros, regateándolo todo y no comprando nada. En esto se oyeron cohetes por los aires. Las afueras de la iglesia quedaron limpias de gente. Asomó el pendón por la puerta principal; después el santo, bamboleándose en las andas, según el paso de los que le conducían; luégo el cura, de capa pluvial, y la cruz alzada y los monaguillos con sendos ciriales; y, por último, los fieles. Si aquel día hubiera habido danzas, como otros años en igual ocasión, habrían ido entre el pendón y el santo; pero no pudieron arreglarse por no sé qué dificultades surgidas de pronto, y faltó ese detalle, que es la salsa de las grandes festividades montañesas, con harta pesadumbre de propios y colindantes.
Mientras la procesión salía por la puerta principal, entraban en la iglesia por la pequeña don Plácido y sus sobrinas. Águeda, desde el suceso de la víspera, tenía horror á la luz del día y á los ojos de la gente. Por eso había escogido aquel momento para entrar en el templo.