Cuando salió de él dos horas después, tuvo que pasar entre muchos y muy compactos grupos de personas alegres y desocupadas; y aunque no hubo cabeza con sombrero que no se descubriera delante de los señores, ni chico ni grande que no les diera los buenos días con el mayor respeto, Águeda se empeñó en que todos los ojos la miraban de distinto modo que otras veces; así se lo dijo en casa á Macabeo, que la había jurado que nadie sabía en el pueblo cosa alguna de lo ocurrido la noche antes. Como insistiera la joven en que tan extrañas miradas algo querían expresar, dijo Macabeo:

—Pues ¡caráspitis! sépalo usté, ya que en ello se empeña. Lo que es cosa corruta de dos días acá, es que el señorito Fernando (que, por la cuenta, fué mal visto de la difunta señora por sus herejías), con el aquél de que usté le mire con buenos ojos, se ha presentado en casa del señor cura á pedir iglesia y catecismo.

—¿Cuándo, Macabeo? —preguntó Águeda con ansia.

—Anteayer, por lo visto.

—¿Estás seguro de ello?

—¡Pues poco rute-rute se ha armado en el pueblo sobre el caso! Y como dicen que usté le ha movido á ello... ó que por usté hace lo que hace...

Águeda, olvidando con la noticia todas las pesadumbres que la abrumaban, y hasta la presencia de Macabeo, exclamó con el rostro bañado en una aureola de felicidad:

—Si la fe llega á iluminarle, ¿qué importa lo demás!... ¡Dios mío!... ¡qué ciego es el que no ve tu misericordia!

No pensó Macabeo limitarse, puesto ya á hablar, á la primera parte de la noticia, pues fué de los contagiados también de la pública indignación contra el hereje, cuando supo lo que había de impostura en la conversión de éste, según la pública voz; pero al ver el efecto causado en su ama por el lado bueno de la noticia, guardóse muy bien de añadirle la contera de las intenciones supuestas y el adorno inventado de los criminales antecedentes del neófito; que dureza de alma le pareció privar de aquel consuelo y alivio, tan baratos, á un corazón tan sin descanso combatido.

Retiróse Águeda pidiendo al cielo nuevas y mayores pesadumbres, si con su martirio llegaba á redimirse el alma de Fernando, y se echó Macabeo á la calle para acabar de saber (pues en los comienzos andaba desde muy temprano) quién era la desalmada moza que había puesto los ramos ignominiosos en sus heredades.