XXVI
LA GOTA DE AGUA
Dejamos á Fernando en camino de su pueblo, más abatido con el peso de la última inclemencia de Águeda, que ufano con los frutos de su entrevista con el párroco de Valdecines. Según iba profundizándose la herida de su corazón, menos se prometía de los remedios para cicatrizarla. Cada paso que retrocedía, le alejaba una inmensidad del término de su jornada. Condición es ésta que se cumple con rigor extremo en las grandes fatigas del espíritu.
Como ya no era nuestro personaje el hombre de los ímpetus apasionados, hijos de las primeras contrariedades de la vida, sino un desdichado más, sujeto á la cadena de un imposible, iba arrastrándola poco á poco, atento sólo á medir las escasas fuerzas que le quedaban, no á buscar en el desierto de su imaginación un punto donde arrojar la pesada carga, refrescar las sedientas fauces y alentar el fatigado pecho con aguas cristalinas y aires embalsamados.
En tal grado de desaliento llegó á su casa. Continuaba huyendo de su padre; pero éste hallaba modo de observarle desde lejos, y medía con el diestro compás de su experiencia y de su amor los estragos producidos en su alma por la tempestad que la combatía. Rara vez conversaban; y en estos casos el doctor no respondía con chanzonetas á las escasas palabras de su hijo; antes medía y pesaba las suyas, como se pesa y se mide la substancia que así puede dar la vida como quitarla, según la dosis en que se emplee.
Con este tacto consiguió el padre que su hijo le refiriese cuanto acababa de sucederle en Valdecines.