—Ese modo de proceder —dijo el doctor, aludiendo al de Águeda— te pone en el caso de no volver á llamar á aquellas puertas; pero no quiero decir con esto que desistas de tu empeño de que se te abran.

—No te comprendo —replicó Fernando.

—Yo llamaré y tú entrarás.

—¡Tú!

—Yo, sí, hijo mío. Y cuenta que días há lo hubiera hecho, si tú hubieras sido capaz de comprender la importancia de este acto, en el frenesí de tu pasión. Ahora que la veo más en reposo, te lo propongo. ¡Déjame llamar á aquella puerta, cerrada para tí! ¡Soy viejo, soy tu padre; hablaré sin pasión y con verdad; disputaré tu terreno palmo á palmo; y si no hay otro remedio, imploraré de rodillas la compasión del enemigo invencible; y lo que no consigan mis razones, lo alcanzarán mis canas!

Conmovíase el doctor al decir esto; y aunque trató de ocultarlo con la fuerza de su carácter, lo observó Fernando, y más bien por respeto á la pesadumbre que la emoción revelaba, que por confianza en el fruto del indicado propósito, respondió á su padre, después de reflexionar unos momentos:

—Hazlo en buen hora; pero déjame ver antes qué resultado me da la entrevista que debo tener mañana con ese humilde cura, cuya discreción excede á todo encarecimiento.

Al otro día sintió Fernando el cuerpo perezoso y quebrantado; se acordó del compromiso empeñado con el cura de Valdecines; pero la serenidad de su razón, después del breve sueño de la noche, le hizo ver la última repulsa de Águeda con tan sombríos colores, que apartó con espanto su consideración de aquel camino tantas veces y bajo tan diversas impresiones por él recorrido. Permaneció en la cama hasta muy entrado el día; y cuando horas después le halló su padre discurriendo maquinalmente por las arboledas del parque, se asombró de la profundidad que habían adquirido en su cara, en una sola noche, las huellas de aquel dolor sin consuelo.

Siguió el tiempo su inalterable marcha, y amaneció otro día, y Fernando oyó que las campanas de Perojales repicaban á fiesta. Esto le hizo recordar que en Valdecines se celebraba con gran solemnidad, por ser la del santo patrono del pueblo; juzgó la ocasión poco adecuada al objeto de su prometida visita al cura, y la aplazó hasta el día siguiente. Cuando el término de una jornada es obscuro y remoto, ¡qué grandes nos parecen los más pequeños estorbos del camino!

Al fin tomó Fernando el de Valdecines, poco á poco y á caballo, el día siguiente al de San Juan. Quien no le hubiera visto desde que andaba por aquellos mismos lugares suelto y vigoroso, con el calor de un alma juvenil y apasionada reflejándose en sus ojos negros y en la tersura de sus mejillas, no le conociera á la sazón, vencida la altiva cabeza al peso de las ideas, triste y ojeroso el semblante, desmayado el antes gallardo cuerpo, y abandonado al antojo de la bestia que, fiada en el escaso vigor de la mano que la regía, más se cuidaba de caminar á gusto que de llegar pronto. Pero llegó al cabo; no porque la espuela ni el freno le trazaran el rumbo, sino porque le tenía bien conocido; y preciso fué que diera con las narices en las primeras casas de Valdecines, para que el jinete se percatara de ello. ¡Y eso que no había arrojado un punto á Águeda de su memoria!