Cuando tan cerca se vió de ella, sintió otra vez la vida en su corazón y la luz en sus ojos, tan acostumbrados á las negras visiones de su fantasía desde la última vez que recorrió aquellos mismos parajes. Orientóse en ellos, como si acabara de salir de un sueño fatigoso, y castigó á la perezosa cabalgadura, resuelto á llegar cuanto antes á la casita del párroco y á resistir la tentación, que ya le asaltaba, de llamar otra vez á las puertas guardadoras de aquel raro tesoro, que era, al mismo tiempo, sostén de su vida y causa de su muerte. Y Dios sabe si la tentación le hubiera vencido al fin, á no ocurrir lo que ocurrió.
Y fué que pasó un transeúnte con la azada al hombro, y se le quedó mirando con una curiosidad harto inexplicable, pues para ninguno de aquellos campesinos era nueva la estampa de Fernando. Dos mujerucas se detuvieron luégo delante de él; y no solamente le miraron, y con torcido gesto, sino que dijeron, aunque muy entre dientes, algo que no sonó bien en los oídos del joven. Más adelante sucedió otro tanto con unas salladoras que iban á la mies; y un muchacho, que le seguía de puntillas, le tiró una piedra que dió en las ancas del caballo, le llamó á voces perro judío y apretó á correr: acto que mereció el aplauso de las salladoras, las cuales no se contentaron con ensalzarle, sino que añadieron nuevas perradas á la perrada del muchacho.
Todo esto valía ya la pena de detenerse; y Fernando se detuvo, no sin miedo, dicho sea en honor de la verdad, de que le viniera un cantazo por cualquiera de las encrucijadas inmediatas. Volvióse hacia las salladoras; pero éstas se alejaron camino de la mies. La fortuna le puso delante á Macabeo que se dirigía á casa de Águeda. ¡Cosa más rara! También el locuaz y regocijado espolique le miró de mal talante; y fué preciso que Fernando le llamara para que se acercase á él.
—¿Qué significa todo esto, Macabeo? —le preguntó con más aire de sorpresa que de enojo.
—¿Qué es «todo esto,» si se puede saber? —respondió el hombre, extrañamente comedido y receloso.
—Este modo de mirarme las gentes; sus palabras y ademanes; la insolencia de los muchachos... tu misma actitud conmigo...
—Pues ahí verá usté... ¡qué caráspitis! —dijo Macabeo, por decir algo que no fuera la verdad.
—Eso es dejarme en la misma duda, y tú puedes sacarme de ella: te lo conozco en la cara.
—¡Sea todo por el amor de Dios! —repuso el buen hombre muy contrariado é indeciso. Pero le venció la fuerza de su locuacidad constitutiva, si la ciencia me pasa el adjetivo, y añadió luégo—: Ya sabe usté, señor don Fernando, que en este pueblo todos somos, gracias á Dios, cristianos á macha-martillo.
—Bien, ¿y qué?