No quiero atormentar al lector con el relato de lo que allí pasó poco después. Si no desea ignorarlo, imagíneselo; cosa no difícil para él, pues conoce al padre, ha visto lo que queda y ¡cómo queda! del hijo, y es cristiano y tiene corazón y caridad.
Debo, no obstante, y para ayudar á su imaginación, ofrecerle un dato importante. Cuando los criados del doctor le dijeron que habían hallado abiertas las puertas de la casa y la del corral, lanzóse el infeliz, en un movimiento instintivo de su amor, al cuarto de Fernando. Encontróle vacío, vió su cama intacta, y se estremeció. Sin atreverse á oir lo que le decían sus propios pensamientos, mandó á sus sirvientes en busca de su hijo en varias direcciones, y él mismo tomó la de Valdecines, por juzgarla más llena de esperanzas.
En la hoz estaba ya, y muy adentro, cuando le encontró el alguacil que le llevaba la carta consabida. Detúvole, entregósela sin miramientos ni precauciones; leyóla el otro, más con el corazón que con los ojos; pidió luégo, como deben pedir la muerte los que no pueden con la vida, ¡más noticias!, y el alguacil le refirió cuanto sabía, que no era poco. ¡Tan reciente era la que llevaba el doctor clavada en el pecho como puñal de cien puntas, y tan inhumanamente se le había dado la puñalada! Ahora podrá ver el lector á su verdadera luz la escena que tuvo lugar poco después en el fondo del precipicio.
XXIX
DE RECHAZO
Desde que don Sotero vió la obra de Bastián destruída por la inesperada venida de don Plácido á Valdecines, juzgó en descenso su fortuna. Alentábale, sin embargo, la esperanza que ponía en el carácter estrafalario, bonachón y docilote del solterón de Treshigares; pero cuando habló con él y le vió tan firme y resuelto, comprendió que principiaba el fin de sus iniquidades, y, lo que era más grave para él, que había quedado preso en la red tendida al caudal de los Rubárcenas. Ni sus atrevimientos hasta allí tenían fácil disculpa, ni el sesgo que tomaban las cosas se prestaba á imponerlos como ley por la fuerza de otros mayores. Meditó seriamente sobre el caso, y le vió muy negro por todas partes. Su mayor aspiración no podía exceder ya de que se le perdonara lo pasado. En cuanto á su intervención en la casa de los Rubárcenas, no ya como tutor y curador de las huérfanas, pero ni siquiera como administrador de sus bienes, era una insensatez no darla por concluída. De manera que no solamente tenía que renunciar á la posesión de aquel caudal, con tanta maña perseguido, sino también á lo que de él pudiera pegársele á fuerza de manosearle. Era la primera vez que se le escapaba de entre las uñas una presa señalada por sus ojos. Le costó mucho trabajo resignarse á verlo así; pero la necesidad le obligó á ello.