Y no obstante, por un sentimiento de caridad, aquellos hombres rudos se descubrieron la cabeza, se hincaron de rodillas é imploraron, en fervorosa oración, la divina misericordia para el alma de aquel cuerpo manchado por el mayor de los crímenes.

—Falta —dijo luégo el alcalde, hablando siempre en nombre del juez, no muy ducho en tales procedimientos— identificar la persona, vamos al decir, el cadáver.

Llamó al alguacil y al pedáneo.

—Tú —dijo al primero— vas á ir volando ahora mismo á Perojales. Entregarás esta carta á quien reza el sobre, y dirás á esa persona que se le espera aquí, para... para los efectos consiguientes.

Hízose notar á la digna autoridad que era el golpe harto recio para dado sin advertencia ni contemplaciones.

—Cierto —respondió el alcalde—. Por dura que ese hombre tenga el alma, ha de llegarle muy adentro la noticia, y compasión me da de veras, aunque no la merezca; pero la justicia no debe tener entrañas, y la ley es ley... y ya estás andando... quiero decir, de vuelta, porque aquí queda esperando la autoridad.

Y el alguacil, sin chistar, echó á gatas por el sendero á cumplir lo mandado.

—Tú —dijo entonces el alcalde al pedáneo— pica también monte arriba, y no pares hasta Valdecines con esta otra carta que entregarás en propia mano, con la finura y el aquél del caso respetive al genial y prosapia de la señora que ha de recibirla. Y ahora —añadió, volviéndose al juez mientras el pedáneo tomaba el mismo sendero que el alguacil—, hay que escribir todo esto que está pasando y ha pasado, con el item más de la declaración del señor facultativo, en la solfa conveniente al resultante; pero como el caso pide buena pluma y mucho sosiego, se hará la diligencia y competente sumaria en la casa consistorial, como si hubiera sido hecha de cuerpo presente, y procederemos en su hora al sotierre, que bien puede ser aquí, ya que está prohibido que sea en el campo santo... si otra cosa no dispone el interesado que ha de reconocer al muerto...

Habrá notado el lector que el bueno de don Lesmes habló muy poco durante las narradas ceremonias. No hay que extrañarlo. Andaba el hombre tan sin tino ni serenidad, que á pique estuvo de desmayarse cuando se le dijo que habría que proceder á la autopsia del cadáver. Disfrazó su natural repugnancia á semejantes carnicerías con el aserto de que le faltaba corazón para descuartizar al hijo de su muy querido amigo y condiscípulo el doctor Peñarrubia, y convínose en dar por cumplido ese requisito en el expediente que había de formarse. Con lo cual se tranquilizó no poco, y hasta comenzó un discurso sobre lo innecesarias que eran esas «barbaridades» en la mayor parte de los casos en que se empleaban; y perorando estaba, mientras los hombres agregados á la justicia abrían una fosa cerca del muerto, cuando apareció en lo alto del camino de Perojales, á todo correr del caballo que montaba, el infeliz doctor Peñarrubia.

Enmudeció el cirujano á la vista de aquel horrible dolor en cuerpo y alma, y hasta los que más le aborrecían por impío se condolieron de él por padre sin ventura.