—Eso es lo que ha de averiguar la Justicia —replicó el alcalde—; y á buena cuenta, vamos á registrar al muerto, por si topamos algún aquél de luz sobre el particular.
Registrósele en el acto, y se hallaron en sus bolsillos tres cartas: una «para la Justicia;» otra «para el doctor Peñarrubia,» y otra «para la señorita doña Águeda Rubárcena.»
El juez abrió la primera, que decía así:
«Declaro que me quito la vida por mi propia voluntad; y ruego á la Justicia que recoja mi cadáver, que haga llegar á sus respectivos destinos las dos cartas que hallará con ésta en mi bolsillo.—Fernando Peñarrubia.»
—Y la fecha es de ayer —añadió el juez—. Pues con esta declaración acabó la presente historia. Y bien mirado, más vale así.
Los circunstantes oyeron estupefactos la lectura del papel, y ni una palabra se oyó allí contra el desdichado á quien el día antes hubieran arrojado á pedradas de Valdecines.
Alguien, más en son de lástima que de vituperio, acertó á decir:
—Quien mal anda...
Pero no logró acabar el proverbio, pues el alcalde le atajó con estas expresiones:
—Esa es cuenta de Dios que le ha juzgado ya... Á nosotros no nos toca más que tenerle compasión, cumplir su última voluntad y darle sepultura. ¡Desventurado de él, que por su delito no puede recibirla sagrada!