Se buscó una bajada posible aun para aquellos hombres avezados á los precipicios, y se halló en un recodo que mucho más arriba formaba la ladera. Estribando en los peñascos y agarrándose á los arbustos, fueron bajando uno á uno los señores de la Justicia y acompañantes. No fué cosa fácil ni placentera; pero al fin llegaron al temeroso lugar. Adelantóse don Lesmes por orden del alcalde. El cadáver estaba tendido boca abajo y con la cabeza oculta entre unas zarzas. El cirujano dispuso, á su vez, que se le diera vuelta. Hiciéronlo así dos hombres. Éstos, don Lesmes y la Justicia en masa, dieron un salto hacia atrás en cuanto el muerto apareció boca arriba. Todos conocían, cuando menos de vista, á Fernando, y todos conocieron su cadáver en aquél que estaban contemplando allí, no obstante las heridas y destrozos que había en su cara.

—¡Se despeñó! —dijo el alcalde medio atolondrado.

—No —respondió don Lesmes, pálido y conmovido—: si eso fuera, tendría la tapa de los sesos hundida; pero miren ustedes que la tiene levantada... ¡Y harto será que no haya salido por ella lo que entró por este agujero que hay al ras del pasa-pan!

En esto, uno de los hombres, que reconocía el terreno y se fijaba mucho en los bardales aplastados de la ladera, entre el camino y el sitio en que se hallaba el muerto, encontró una pistola.

—¡Con esa debió de ser! —dijo don Lesmes al verla.

—Pero entonces ¿cómo estaba tan lejos del cadáver? —observó el alcalde.

—Porque... porque no lo sé —repuso don Lesmes, cada vez más trémulo.

—Pues él debió de bajar rodando por aquí —dijo el que había hallado la pistola—. Estos ramajos quebrados y la sangre que hay en esta peña... ¡Como no se arrimara el tiro allá arriba, y bajaran después él y la pistola!...

—Cuéntate que eso fué —replicó el alcalde.

—Si es que no lo hizo todo una mano alevosa —observó don Lesmes.