Y en esto, retiraba el cuerpo hacia la montaña y avanzaba la cabeza sobre el abismo.

—Dígote que no marra, ¡carafles!... ¡Que lo es!... ¡Vaya si lo es! Aquello es pata, como la mía... y la otra también; y el cuerpo, cuerpo de veras... con su brazo por acá... y su brazo por allá... el matorral le tapa la cabeza... ¡Y el ropaje es bueno si los hay, ó yo no veo pizca desde aquí! Y el hombre no mueve pie ni mano... ¡Qué ha de mover, carafles, si quedaría redondo!... Porque, á mi cuenta, se despeñó anoche por aquí abajo.

Miró á sus pies, y vió al borde del precipicio césped resobado y arbustos rotos.

—¿No lo dije? —pensó estremecido el buen hombre—: por aquí se esborregó el venturao... ¡El Señor le cogiera en gracia!... Y ¿qué hago yo en esto? ¿Paso, ó no paso?... ¡Que pase mi abuela!

Dijo, y se volvió á Valdecines, pálido, aturdido y jadeante. Su primer intento fué dar parte á la Justicia; pero á la Justicia se la teme de lumbre en tales casos. «Á buena cuenta —pensó—, me echará mano, por si he tenido yo la culpa; y después... ¡vaya usté á saber en qué parará ello, teniendo yo, como tengo, cuatro terrones y un par de bestias!» Pero también si callaba y acertaba á saberse que él había vuelto al pueblo sin llegar á Perojales, y al mismo tiempo se descubría lo tapado, por boca más atrevida que la suya, ¿qué pensar de su silencio y de su espanto? Ocurriósele, en esto, una idea muy atinada; y fué la de referir el caso al señor cura, bajo secreto de confesión. Y así lo hizo. El cura, después de enterarse de que el supuesto cadáver se hallaba en término de Valdecines, dió parte al alcalde; éste se le endosó al juez municipal; el juez municipal quiso endosársele al juez de primera instancia, que residía á más de cuatro leguas de allí; acudióse al pedáneo también, so pretexto de que el caso se rozaba, hasta cierto punto, con el ramo de policía, orden y buen gobierno; el pedáneo puso el grito en las nubes y echó la farda á don Lesmes, como forense nato, por su cargo de facultativo titular de la municipalidad; don Lesmes alcanzó el cielo con las manos, y protestó contra el endoso por improcedente... En fin, que se puso en conmoción á todo el pueblo en menos de dos horas. Al cabo se acordó que fuera á levantar el cadáver el Ayuntamiento en masa, con su pedáneo y alguacil, el juez municipal y el cirujano titular don Lesmes; y lo acordado se llevó á efecto en aquella misma mañana.

Lleváronse á prevención cuerdas, hachas y azadones, con la gente necesaria para manejarlos, por si había que labrar algún sendero en la montaña para bajar hasta el sitio en que se hallaba el muerto; y se prohibió á los particulares que acompañasen á la comitiva.

Partió ésta de Valdecines entre la general curiosidad, y llegó al sitio indicado al cura por el descubridor del cadáver.

—¡Lo es! —dijo don Lesmes en cuanto se asomó al despeñadero.

—¡Lo es! —repitieron los circunstantes, asomados también al precipicio.

Y, en efecto, era un cadáver lo que había allá abajo, muy abajo, tendido sobre la angosta braña, poco más ancha que el cadáver mismo, entre el río y la montaña.