Retiróse de la ventana, trémulo por la agitación de sus ideas; y pocos minutos después era una sombra que se movía entre la obscuridad del jardín; y luégo, en la relativa claridad del camino que iba á unirse al de la hoz, un gusanillo más que se arrastraba sobre la costra de la tierra.


XXVIII

LO QUE DESCUBRIÓ EL DÍA

Y aconteció que al amanecer el siguiente, un hombre de Valdecines, que tenía negocios en Perojales, entró cantando en la hoz. Cantando seguía sin cerrar boca, y mirando tan pronto al río como á las peñas de lo alto, cuando cátate que, hallándose junto al asomo[4] más descarado del sendero que llevaba, fáltanle de repente voz y movimiento, y quédase con los ojos tan abiertos como la boca, y hasta se le muda el color y se le encrespa la greña debajo del sombrero.

[4] Orilla descubierta de un precipicio.

—¡Mil demonios —se dijo cuando el espanto le dejó libre el uso del entendimiento—, si aquello no es tan presona humana como yo mesmo!