Momentos después dormía y hasta roncaba el buen doctor Peñarrubia.

Entre tanto, su hijo, de codos sobre el alféizar de la ventana de su cuarto, paseaba la vista errabunda y anhelosa por el inmenso desierto del espacio, donde brillaban las constelaciones como vivos y eternos testimonios de la grandeza y del poder de Dios. Hundíase la tierra en un abismo de sombras y de misterios, y recortábase la línea de sus montañas en el azul confuso del horizonte. Á menudo se pasaba el joven la mano por la ardorosa frente; frotábase los ojos como si intentara apartar de ellos desagradables visiones, y volvía á pasearlos desde la inmensidad del firmamento hasta la negra pequeñez del agujero en que él, mísero gusano, se retorcía atormentado y espirante.

—¡Si hubiera infierno —pensaba— y en él un demonio mil veces más astuto y maléfico que el inventado por el místico fanatismo, no fuera capaz de disponer las cosas en mi daño con tan ingenioso artificio como las ha dispuesto mi negra desventura!... ¡Todo lo había arriesgado ya en este trance!... ¡Todo lo sacrificaba, porque era mío!... Á este precio adquirí una esperanza, aunque remota. Lancéme con ella á lidiar de nuevo en esta horrible batalla, y se atraviesa en mi camino el único obstáculo que podía detenerme: mi honra; es decir, mi fe, mi religión... lo que no es mío, sino del mundo que me ve y me juzga. Ó pisarla ó morir. Morir, sí; porque morir es retroceder en esa senda, ¡la única que existe para llegar á lo que había de darme la vida!... Y retrocedí... es decir, decreté mi propia muerte... ¡Vivir sin Águeda!... ¡intentarlo siquiera!... ¡Qué locura! ¡Desde que se ha hecho imposible para mí, raya en idolatría la fe con que la adoro! Mil vidas que yo tuviera me parecerían poco para sacrificarlas en este singular conflicto. Y entre tanto, mis penas son su martirio, y mi muerte acarreará la suya... y yo, que sé todo esto, no puedo detenerme un punto en la pendiente en que me hallo. ¿Habrá suplicio que se iguale á este suplicio!

¡Calumnia! La lengua que la produce y la arroja á la voracidad de las muchedumbres, ¿por qué no se gangrena en la boca del infame y se ve arrastrada en jirones por inmundas bestias? ¿Cómo el veneno que destila y da la muerte no mata al calumniador! ¡Víboras humanas! ¿Quién puede calcular el alcance de vuestra ponzoña! Esos pobres campesinos, inficionados de ella, vanla propagando sin saber el daño que causan; antes creen que obran como buenos, porque desenmascaran al impostor. Pero la calumnia llamará á las puertas de Águeda; y aunque ella no se las abra, algo quedará allí, como el hedor de la peste, que corrompa un día su corazón; mala semilla que llegue á dar siquiera frutos de sospechas. Y si tal ocurriera, ¿qué sería de mí entonces! Y sólo con el temor de que pueda suceder, ¿quién, que se llame honrado, no retrocede como yo? Y retrocediendo, ¿por qué otro camino la busco, si todos van á parar á ese que me está vedado?... ¡Me empujan los huracanes y estoy cercado de abismos, y aún discurro y pienso en que he vivido! ¡Qué necedad!

Alzó otra vez la cabeza y volvió á clavar los anhelantes ojos en la bóveda celeste.

—¡Allí —se dijo con burlona sonrisa—, allí dicen que está, detrás de esa ilusoria techumbre, el sostén de los débiles, el consuelo de los atribulados... el supremo Juez de la conciencia humana, el árbitro Señor de vidas y almas... la caridad... la misericordia!... ¡y yo, su hechura y su imagen, perezco aquí abajo, mofa y escarnio de la desdicha; y esa fuerza no me ayuda, y esa misericordia no me alcanza!... ¿Por qué? Porque no se baña mi espíritu en los resplandores de una luz fantástica que no llega nunca á los ojos de mi razón... ¡Mentira! —añadió con sacrílega soberbia—. ¡Cuanto veo y toco es fuerza que agita y mueve á la materia: materia agitada y movida por la fuerza! ¡Una ley incontrastable y eterna rige y gobierna á la naturaleza, y lo inmutable y perpetuo de esa ley excluye lo sobrenatural!... Giran esos astros, porque la fuerza les da movimiento; la fuerza fecunda la materia y produce toda generación y toda destrucción. De la nada no se crea nada. Nada se crea, ni nada se pierde. Todo se transforma y todo es movimiento eterno y continuo. El átomo busca al átomo, y el polvo al polvo. Todo está sujeto á la evolución; y la conciencia humana no es más que el término de esa evolución misma... Y este pensamiento que me abrasa la mente y me esclaviza al rigor de mis propias ideas, ¿qué es sino una excitación nerviosa, una secreción de mi cerebro? ¡El espíritu! fantasma de la razón sometida al dogma, grillete de la libertad de la conciencia... ¡palabra vacía de sentido!... ¡y la virtud y el vicio, el bien y el mal, cosas convencionales, dependientes del clima, del temperamento y de la educación!

Como en este hervor de conceptos hubiera más atrevimiento, más ira, más desesperación que convicciones, Fernando se sintió poseído de una agitación nerviosa, como si se hubiera empeñado en una disputa ardiente y apasionada. Tuvo necesidad de dar reposo á su espíritu, y volvió á apoyar su cabeza entre las manos. Momentos después tornó á su tema, y el delirio le dió bríos para elevar su desquiciada mente á lo más alto. Asustábale algo que en aquel supremo instante sentía sin entenderlo ni penetrarlo, y quería apartarlo de su conciencia, como el ladrón arroja de su memoria, al cometer el crimen, el recuerdo del juez que puede castigarle.

—¡Dios! —continuó diciéndose—. ¿Y qué es Dios sino el ideal, la forma que va tomando en cada edad histórica el contenido de la conciencia; el nombre que da la humanidad á lo que concibe como más grande y perfecto? ¿Quién podrá demostrarme que ese ideal concebido por la fantasía y acariciado por el sentimiento, llegue á convertirse nunca en realidad?... ¡Sombras de la imaginación... visiones del fanatismo!... ¿por qué no os disipa la clara luz de la razón humana? ¿por qué no alumbra hasta el fondo de ese misterio tenebroso?

Y el insensato, en lugar de aplicar esta declaración de su impotencia á aquel blasfemo atrevimiento de su locura y de su ignorancia, lanzóse más á ciegas en el foco de la falsa luz que le deslumbraba. Sintió crecer sus angustias, y exclamó con una resolución digna de mejor causa, y como si acabara de resolver un gran problema:

—Sólo hay una cosa que no tiene fin, eterna é invariable: el dolor. ¿Quién sabe si él es la fuerza inconsciente, la voluntad ciega que lo gobierna todo?... Pero es indudable que el reposo está en la muerte, en la aniquilación... Dormir en los brazos de la madre naturaleza, es el apetecible término de la lucha de la vida... ¡Caiga de mis hombros esta pesada carga que me agobia, y descansemos de una vez!