—¿Supongo —dijo Fernando, deteniéndose en una de sus vueltas y en tono medio de chanza— que no te habrás propuesto que pasemos la noche de esta manera?
—Hombre, no —respondió el doctor con la mayor naturalidad—. Pero estaba tan entretenido en la lectura, y te creía tan bien hallado con esos higiénicos paseos...
—Pues si te parece —añadió Fernando— nos recogeremos. Siento que me ronda el sueño, y quisiera escribir unas cartas antes de acostarme.
—Nada más acertado, hijo mío, que esa determinación. El sueño es el bálsamo que cura todas las llagas del espíritu. Vamos á descansar.
—¡Descansemos, pues... que ya es hora! —dijo Fernando; y pagó el abrazo que le dió su padre con otro tan fuerte y detenido, que éste, al salir suspirando de aquellas apreturas, exclamó, como en los mejores tiempos de sus bromas:
—¡Cáspita, y qué fuerzas te ha dado el ejercicio de esta noche!
Respondió Fernando con triste sonrisa; salieron juntos padre é hijo de la estancia, y momentos después cada cual se encerraba en su respectivo dormitorio.
Al cabo de una hora abrió el suyo cautelosamente el doctor, y observó desde lejos que del de Fernando salía luz por las rendijas de la puerta: se acercó á ella, y oyó hasta el suave charrasqueo de la pluma sobre el papel.
Volvióse tranquilamente á su cuarto. Antes de acostarse salió otra vez de él para observar el de su hijo. Éste había apagado la luz. Entonces se acostó el médico y apagó también la suya.
—Se da á partido —decía para sí—. ¡Pobre muchacho! Que logre él dominar esos arrebatos peligrosos, como los de esta mañana... y lo demás corre de mi cuenta.