Había visto por la mañana llegar á casa á su hijo en el estado de exaltación en que nosotros le vimos salir de Valdecines; y había logrado, á fuerza de fuerzas y al cabo de muchas horas, reducirle á la calma y á la reflexión. Entonces hablaron. La conversación era la válvula por donde el doctor se proponía desahogar aquel pecho y aquel cerebro henchidos de tumultos. Supo que no era Águeda la causa de ellos; pero no supo la verdad entera, que Fernando cuidó de ocultarle por no afligirle más.
—Pues ahora me toca á mí —dijo el doctor cuando halló á su hijo dócil á sus reflexiones—. Voy á Valdecines.
—¡Guárdate de ello! —respondió Fernando.
—¿No quedó así convenido entre nosotros? —preguntó el doctor con extrañeza.
—Sí; pero el nuevo giro que han tomado los sucesos, hacen hoy inútil y hasta peligroso para mí ese paso... Dale mañana...
—¿Estás seguro de que mañana no me dirás lo mismo que hoy?
—¡Te juro —dijo Fernando— que no me opondré mañana á ninguno de tus deseos!
—Enhorabuena —repuso el doctor—. Y como en garantía de la sinceridad de tu promesa, acompáñame al jardín. Á los dos nos conviene ahora un poco de trato íntimo con la madre naturaleza.
Salieron juntos, y aun hubiera jurado el padre que su amago de chanza había obtenido otro amago de sonrisa de los labios de su hijo.
Hasta la hora muy avanzada de la noche en que volvemos á hallarlos reunidos, no tuvo á los ojos del doctor el menor retroceso el alivio moral de Fernando. De aquí su relativa tranquilidad cuando nosotros hemos comparado la del enfermo á la que precede á las grandes explosiones de la naturaleza.