De pronto revolvió el caballo hacia la sierra; y como si aquel suelo, y aquellas casas, y aquellas mieses encubrieran un volcán dispuesto á devorarle, castigó al dócil bruto con la espuela y el látigo, y desapareció como un rayo de la presencia del aturdido Macabeo.

El cáliz estaba lleno: una gota bastó para desbordar las hieles que contenía.


XXVII

LO QUE ENCUBRIÓ LA NOCHE

Muchas horas después de este suceso, Fernando se paseaba en el cuarto de estudio de su padre. Revelaba tranquilidad, aunque era ésta muy semejante á la que tienen en sus comienzos algunas tempestades de verano: ni un soplo de aire, ni el ruido de una mosca; la quietud y el silencio reinan en la naturaleza; pero hay celajes siniestros, tintas en el horizonte que parecen manojos de centellas, aire que asfixia, monstruos que la fantasía dibuja en los plúmbeos nubarrones... Nada sucede en aquel instante; pero toda conflagración es posible al menor choque entre los aletargados elementos.

Á la luz que alumbraba la estancia, el doctor leía, ó aparentaba leer; porque es lo cierto que más atentos estaban sus ojos al ir y venir de Fernando, que á las páginas del libro; siendo muy de notar que no había tanta alarma como curiosidad en las miradas furtivas del viejo Peñarrubia.