—Pues claro y pronto lo diré, señor don Fernando, que hasta la caridá me lo ordena; porque, á pesar de los pesares, ley le tengo, ¡qué caráspitis! y bueno es que el hombre sepa lo que le importa, por si no es oro todo lo que reluce.
—¿Quieres concluir de una vez!
—Concluyo y finiquito... Pues sépase usté que si esas gentes le miran hoy de mal ojo, y le maltratan de palabra, y mañana le apedrean (que todo podría ser), es motivao á que se asegura que no queriéndole á usté la señorita doña Águeda por hereje, hace usté la pamema de que se convierte, porque... porque... porque no se le escapen de entre las uñas las riquezas de esta casa.
El dolor y el frío de una puñalada sintió Fernando en el corazón; y á la luz sulfúrea, infernal, en que se creyó envuelto, vió desfilar ante sus ojos, en un segundo, horrenda muchedumbre de fantasmas que las palabras de Macabeo hicieron brotar de los negros abismos, como escuadrón de demonios á la voz del réprobo que las evoca. El amor, el orgullo, los recuerdos, las esperanzas... todo lo sintió herido, pisoteado, muerto á un mismo tiempo; y tan puro, tan alto, tan grande era el linaje de su pasión; tan enorme, tan inmotivada le parecía la calumnia, que, aunque con el dolor de un mártir, preguntó á Macabeo con la sinceridad de un niño:
—¿Pero es rica Águeda?
—¡Señor! —respondió Macabeo con asombro—: ¿quién puede ignorarlo?
—¡Yo!... ¡yo; y te juro que ésta es la primera vez que reparo en ello!
Era recto y sano de corazón Macabeo; creyó en la sinceridad de las palabras de Fernando, y no quiso ahondar más sus heridas con el relato que también había pensado hacerle de la segunda parte de la historia que corría por el pueblo.
—¡Qué lenguas! —exclamó, hondamente compadecido del joven.
Éste había caído en un sombrío atolondramiento: miraban sus ojos, pero no veían.