—Tanto más en mi abono, si eso fuera cierto.
—¡Vaya si lo es, caráspitis!
—¿Quién puede asegurarlo?
—Todo el pueblo que lo oyó, señor don Fernando.
—Hombre, á no contárselo el cura desde el altar mayor...
—¡Á buena parte va usté!... El señor cura es un santo de Dios, y como en confesión oye y guarda cuanto se le dice; pero aquella casa es una pura oreja y una pura lengua; y cuanto en ella se habla, que valga dos cuartos, lo sabe ce por be todo el lugar al otro día. Así se supo aquí cuanto pasó entre usté y el señor cura.
—Pues insisto en lo dicho, Macabeo: si lo que se oyó de mis labios fué lo que tú aseguras, ¿qué más habéis de pedir á un hereje?
—Cierto parece así; pero salió la conversación á la calle, y... púsose el sayo en concejo; metiéronle el diente tijeras que lo entendían, y aclaróse, al decir de todo el pueblo á una (pues yo en él me lo encontré al volver de un viaje largo), que si usté entró en aquella casa á la luz del mediodía, y dijo lo que dijo al señor cura, fué con su cuenta y razón.
La curiosidad de Fernando trocóse aquí en alarma grave, y exclamó impaciente:
—¡Dime cuanto sepas; pero claro y pronto!