Don Lesmes le reconoció detenidamente, y dijo, volviéndose á los circunstantes:

—Es un paralís de carácter apoplético.

Y como alguien le preguntara qué venían á ser en romance estos latines, añadió el cirujano:

—Una hemiplegia lateral derecha.

Tampoco esta explicación satisfizo la natural curiosidad de los presentes. Entonces preguntó Bastián á don Lesmes:

—¿Pero se muere ó no se muere?

—Tan cerca está de morirse —respondió el cirujano— que vas á ir ahora mismo á buscar la unción mientras yo empleo los pocos recursos que caben en lo humano para tratar de volverle á la vida.

Bastián que tal oyó, echóse sobre el abotargado cuerpo de su tío, no para llorar ni mesarse las greñas en testimonio de su pesadumbre, sino para registrarle los bolsillos hasta dar con las llaves de aquellos cajones en que se guardaban los tesoros del avariento. Cuando las tuvo en la mano, recogió los libros y papeles que había sobre la mesa, los guardó en el arcón muy sosegadamente, y entonces salió á cumplir el encargo hecho por don Lesmes, entre las maldiciones de Celsa y el asombro de los demás.