XXX
EL SOL DE TASIA
En las primeras horas de la tarde del día de San Juan, mientras las campanas repicaban al rosario, y las mozas se vestían y se adornaban para ir á rezarle y andar otra vez la procesión antes de dar comienzo la romería, y se dirigían á Valdecines por sierras, mieses y montañas las gentes de los pueblos circunvecinos, Águeda había llamado á Macabeo á su casa.
—Para que esta tarde —le dijo— celebres la fiesta del santo Patrono más alegremente que lo poco que alcanzaste de la velada de anoche, quiero que sepas que he determinado, con el beneplácito de mi hermana y de mi tío, regalarte cuantas tierras llevas de esta casa en arriendo, sin perjuicio de manifestarte la estimación en que todos te tenemos, con otras dádivas, hasta hacer de tí uno de los mejor acomodados labradores del pueblo. En cuanto al servicio que anoche me prestaste, como no es de los que pueden pagarse con dinero, queremos que le vayas cobrando considerándote como persona allegada á nuestra familia... ¿Te satisface lo que te digo, Macabeo?
—¡No, señora! —respondió éste entre conmovido y entusiasmado—, y máteme Dios si dejo de agradecer en todo lo que vale esa riqueza que usté me ofrece; pero es el caso que, viéndome ya tan pagado, el día en que usté me pida la vida entera porque la necesite, yo mismo he de creer, al dársela, que la doy á cuenta de lo recibido; y eso no tendría gracia maldita.
—Pero como yo te aseguro —repuso Águeda, envolviendo sus palabras en una de aquellas celestiales sonrisas con que se imponía á cuantos la trataban—, que no has de hallarte jamás en ese trance, queda el trato hecho... y vete ahora á divertirte á la romería.
¿Querrán ustedes creer que por más esfuerzos que hizo Macabeo no pudo complacer á Águeda en lo de divertirse aquella tarde? Mucho le desazonaba el asunto de los ramos puestos en sus tierras, y el no poder averiguar qué manos habían andado en el juego; traíale, además, no poco preocupado lo que se decía en cada casa y en todos corrillos, de Fernando, de sus inicuos propósitos y de sus criminales antecedentes, noticias todas que tan mal se avenían con la idea que él tenía formada del campechano joven, y con el destino que se había atrevido á darle en sus oficiosas figuraciones; contrariábale también la misma bulla del día, que le hacía tan poco á propósito para presentarse en casa de Tasia y pedírsela á su padre, según lo acordado entre la moza y él al emprender su viaje á Treshigares; todo esto junto y cada cosa de por sí, era bastante motivo para aguarle la fiesta robándole el buen humor; pero lo que más le acongojaba y entristecía era el recuerdo de lo sucedido en casa de don Sotero al llegar él de Treshigares. Cuando en ello pensaba, y no lo echaba un punto del pensamiento, no comprendía cómo no estaba ya en la picota el consejero, y en presidio el aconsejado. ¡Ah! si no fuera por esparcir los sonidos del suceso, hasta entonces de todos ignorado en el pueblo, ¡qué solfa de palos no hubiera llovido ya sobre las costillas de los dos causantes!... ¡Y uno de ellos era el que le robaba de vez en cuando las preferencias de Tasia!... ¡Bestia dañina y estúpida!... ¡ahora lo vería; ahora que él era rico y preferido, y además le tenía cogido por las greñas de un delito abominable!
En éstas y otras meditaciones pasó la tarde culebreando por la romería, olisqueando las avellanas y chupando algunos caramelos; recibiendo las bromas de la gente, no de muy buen talante, y sin verse asaltado una sola vez de la tentación del baile... ¡y, cuidado, que le hubo hasta de tambor, que es cuanto puede pedirse de estimulante y provocativo!