Por más que registró con los ojos todos los rincones de la romería, no vió á Bastián en ninguno de ellos. Resueltamente era ya cosa muerta su enemigo, en lo tocante á pretender á Tasia.
Decidióse á pedirla al otro día; pero supo al ir á ponerlo en ejecución, que su padre había ido al monte. Bajó de él ya muy tarde, y según noticias, no de muy buen humor, por haber mosqueado los bueyes con los tábanos, entornado el carro y rótosele á la pértiga dos trichorias y el cabezón. Aplazó el asunto hasta el día siguiente.
En el cual, como el lector sabe, desde muy temprano comenzó á hablarse en Valdecines del hombre muerto hallado en la hoz. Súpose luégo quién era, y Macabeo se consternó. Averiguó después que el pedáneo había traído una carta, encontrada en el bolsillo del difunto, para Águeda, y estuvo á pique de desmayarse. Corrió á la casa con las pocas fuerzas que le quedaban, á preguntar si le necesitaban para alguna cosa, y dijéronle que no. Quedóse, por lo que pudiera ocurrir, arrimado á la portalada; y allí supo que don Sotero se había puesto muy malo. No se lo tomara Dios en cuenta; pero se alegró con el suceso. Media hora después, y viendo que no le necesitaban en casa de sus señores, internóse en el lugar á caza de noticias, y oyó tocar á muerto. Pasaba don Lesmes muy cerca de él á la sazón, y preguntóle por quién tocaban.
—Por don Sotero Barredera —contestó el cirujano—. ¡El paralís le agarró de firme! Dos horas he estado bregando con él, y como si bregara con una peña. Hace diez minutos que fué á dar á Dios cuenta de sus obras.
—¡Buena estará esa cuenta, caráspitis! —dijo Macabeo llevando hasta la boca sus manos entrelazadas.
—¡Buena de veras! —replicó don Lesmes, guiñando un ojo—. ¡Te digo que éste es día de órdago y quince á la mayor! ¡Ni piernas tengo ya que me lleven, con la faena que traigo desde que amaneció, Macabeo! ¡Y Dios quiera que con lo visto acabemos hoy! ¡Esta condenada secura de tantos días acá, tenía que dar sus frutos!
Y como Macabeo no le escuchaba ya, marchóse el cirujano. Y Macabeo no le escuchaba porque se había puesto á cavilar que la muerte de don Sotero, por más de una razón, podía influir mucho en las miras de Bastián y en los pareceres de Tasia.
—De todos modos —se dijo Macabeo—, á seguro llevan preso; y ahora que está el zorro metido en la cueva, salvemos la gallina.
Y enderezó sus pasos resueltos á casa de Tasia. Entró sin llamar hasta la cocina, alumbrada por la escasa luz que penetraba por la ventana que abría al portal. Sueño le pareció lo que veía; pero no tardó en convencerse de que era pura realidad: allí estaba Bastián en medio de la familia de Tasia, leyendo unos papelones, cuyo contenido causaba el más regocijado asombro en los oyentes.
—¡Á lo que vengo, vengo, Tasia! —dijo Macabeo, anunciando su llegada con estas palabras y un gesto de hiel y vinagre.