—Pues tú dirás á qué vienes —respondió Tasia, volviendo la cara muy desabrida y no poniéndosela su padre más risueña.

Bastián perdió un tantico el color al verse tan cerca de Macabeo; pero estaba bien protegido entonces, y esta reflexión le tranquilizó.

—Si lo ofrecido es deuda, algo me debes, ¡caráspitis! —añadió Macabeo—, y eso es lo que vengo á buscar.

Tasia, muy serena, preguntóle:

—¿Qué te he ofrecido yo, Macabeo?

—¿Qué me dijiste al despedirte de mí la última vez que hablamos juntos? —preguntó á la moza el preguntado—. Venir acá me mandastes.

—¿Díjete, por si acaso, lo que habían de responderte cuando llamaras á la puerta? Además, que de días á días, van muchas horas; y bien sabes tú que en cada hora mudan los pensamientos.

—De veleta floja fueron siempre los tuyos, ¡caráspitis!...

Alzóse en esto el padre con el papel que cogió de las manos á Bastián, y dijo así, mostrándosele á Macabeo:

—Ni entro ni salgo, ni tan siquiera sé por ónde van esos aires con que andáis ahí sopla que sopla; pero mira en este papel una pizca de lo que el señor ofrece á Tasia.