—El señor —respondió Macabeo señalando á Bastián— haría mejor en dejar ese papel en el arcón en que estaba, siquiera por bien parecer, hasta que la tierra tapara al que apandó tantos caudales... sabe Dios cómo; y bueno fuera también, caráspitis, que antes de ofrecer esas grandezas supiera si eran suyas.
—¡Y mucho que lo son, Dios! —se atrevió á afirmar Bastián.
—Tocante á eso —añadió el padre de Tasia, tomando otros papelotes que le alargó Bastián—, aquí está el testamento que lo reza todo... y mucho más. Has de saberte que Bastián resulta, por estos ites y consonantes, hijo del finado y su heredero único.
—¡Caráspitis! —respondió Macabeo—; sin esos papelotes ni otras pruebas que yo tengo bien flamantes, conociera yo que esta bestia es hijo de tal padre por lo mucho que le llora... Y con esto finiquito y me voy, y muy campante; que la venganza de la falsía que han querido hacerme, en esta casa la dejo con la cría que meten en ella... Y ahora, sábete —añadió, encarándose con Tasia— que no venía hoy á pedirte, como te has pensado, sino á decirte que para lo que soy y tengo, no es quién una descorazonada, cubiciosa y cicatera como tú.
Con este desahogo salió Macabeo á la calle; pero no tan satisfecho como aparentaba. Cuando menos, la burla le carcomía el puntillo. No obstante, en su buen juicio vió las cosas con completa claridad; dióse por vengado con lo dicho al despedirse de la falsa, y dirigióse á buen andar al punto de donde había salido media hora antes.
—Ésta y no más —decía para sí mientras andaba—, ¡y bien venida sea, caráspitis, por la enseñanza que me trajo!... Y á fe que ya es hora, Macabeo; que años tienes de sobra para no pensar en juegos de galanes. ¡Pobre de mí, caráspitis, si el escarmiento me coge con la cruz á cuestas! Pero Dios me guía y no me desampara, y Él es quien me dice que no nací para casado, porque, aunque pobre y hediondo, hago falta en otra parte. ¡Allí, Macabeo, allí está tu pan y tu calor y tu descanso! Devuelve esas tierras y esos galardones que te regalan y te brindan; cierra tu choza, vende tus ganados; y pues te ofrecen, sin merecerlo, amparo y estimación como á cosa de familia, dí que te den siquiera un rincón debajo de aquel techo y un mendrugo á las horas de comer, ¡y firme, con vida y alma, llorando con los que lloran y riendo con los que rían y trabajando para todos!; y cuando más no puedas porque te rindan los años, ¡muere como perro leal guardando la puerta de quien te da lo que no mereces, y bendiciendo á Dios que, sólo por cumplir con tu deber, te otorgó ángeles por familia y palacios por morada!
Tan abstraído iba en estas meditaciones, que estuvo á riesgo de tropezar con un caballo que, al mismo tiempo que él, llegaba á la portalada. Levantó la vista. El que venía sobre aquel caballo era el doctor Peñarrubia. Pero ¡en qué estado! Si voraces vampiros le hubieran chupado la sangre del rostro, no quedara éste tan descarnado y macilento. En sus ojos no había luz, sino tristeza, desconsuelo, desesperación y surcos de lágrimas; y en su vestido, desaliñado y mordido por las zarzas del monte, notábanse sangrientas señales de que sobre él había descansado la mutilada cabeza del infeliz suicida.
Nada le dijo Macabeo por respeto á su tribulación inmensa, y nada dijo el doctor á Macabeo, en quien no se fijó siquiera al apearse del caballo que el otro le tenía. Dejósele abandonado en cuanto puso los pies en el suelo, y entró en la corralada.
Vióle alejarse Macabeo, y dijo para sí tristemente, mientras se disponía á conducir el caballo á la cuadra del otro lado:
—Por poca vida que Dios me conceda, ¡cuánto me toca ver todavía en esta casa! ¡Y si ello fuera alegre!...