—«Si existe ese Dios á quien adoras y me sacrificas —decía un párrafo de la carta del suicida—, ¿por qué siembra de oprobios y de afrentas el único camino por donde puedo buscarle para conocerle y merecerte? Ó tu Dios no existe ó es el mal.»
¡Rebelde y blasfemo!... ¡Insensato!... ¡Y adoraba á Águeda, y no alcanzaba á ver en ella el vivo ejemplo del valor cristiano; cómo se lucha y se sufre y se vence en las grandes tribulaciones de la vida; cuál es el deber y cuál es la locura; cuál es la verdad y cuál es el falso brillo de los errores de la conciencia; hasta dónde llega la flaca razón humana, y desde dónde comienza á revelarse la providencia de Dios; cómo es fuerza lo que parece debilidad, y cómo consiste el valor, no en aniquilarse delante del peligro, sino en afrontarle á pecho descubierto!
Concebía á Fernando incrédulo, separado de ella y hasta luchando inútilmente por creer para merecerla; imaginósele alguna vez desesperanzado y desfallecido, y aun sucumbiendo entre dudas... Pero morir por su propia mano y abrazado á sus errores, con la desesperación en el alma y la blasfemia entre los labios, y ser ella el motivo, la chispa que produjo la explosión de tal demencia, pasaba mucho más allá de los límites de sus previsiones. Ni en el cielo podía haber perdón para crimen tan horrendo, ni en la tierra descanso ni sosiego para ella.
El bueno de don Plácido intentó en vano consolarla.
—Vamos, hija mía —díjola cariñoso—, ánimo... ¡ánimo, y siempre ánimo; que, al fin y al cabo, no quedas sola en el mundo!... Bien considerado este suceso, era de esperarse más tarde ó más temprano... y, francamente, preferible es que haya ocurrido ahora... Digo que era de esperar, porque donde no hay temor de Dios, no caben obras más cuerdas; y bien sabes tú cómo anda la religión en esa casta. Cierto que su padre, aunque hereje, va arrastrando la vida sosegadamente; pero esto puede consistir en que el aislamiento en que vive le pone á cubierto de las desazones con que se prueba el temple de las almas. Además, según mis noticias, las herejías del padre son tortas y pan pintado comparadas con la incredulidad de que se jactaba el hijo... Y eso tenía que suceder por la fuerza misma de las cosas: de tal palo, tal astilla. De un tibio y descuidado en materias de fe, nace un volteriano como el doctor Peñarrubia; de un volteriano, un ateo que pierde los estribos al menor contratiempo, y se vuelve loco, ó se quita la vida, que tanto monta... Y en su lógica obran muy racionalmente: muerto el perro se acabó la rabia... pues mato el perro. En cuanto á los tontos que en el mundo dejan tales sabios llorando su criminal locura, ¿qué vale eso? Quien no acierta á conocer á Dios en toda su vida, ¿cómo ha de fijarse en semejantes pequeñeces en el momento de cometer la heroicidad?... No faltan desventurados que la aplauden... y hasta la imitan; y á ello hay que atenerse. ¡Admirable raza para regenerar el viejo mundo! ¡Admirable seso el de los hombres que se desviven por echar hacia ese abismo las corrientes de las ideas!
Nada respondía Águeda á estas observaciones de su tío; pero comenzó á llorar en silencio. Entonces dijo don Plácido acariciándola:
—Eso es lo que necesitas por ahora, hija mía: llorar, llorar mucho. Las lágrimas fueron puestas por Dios en los ojos para desahogar las penas del corazón. Llora y descansa.
Después, no pudiendo consolarla, trató de distraerla y la habló así:
—Díjete que no te quedabas sola en el mundo, y dije la verdad. Has de saber que he convenido con tu hermana en venirme á vivir con vosotras.
Aquí rompió Águeda el silencio para expresar la alegría que le causaba la noticia.