—¿Pudiste creer jamás que yo os abandonara? —exclamó don Plácido.
—No, señor; pero nunca me hubiera atrevido á pedir á usted tan grande sacrificio.
—¡Me gusta la salida! ¡Sacrificio nada menos! No hay tal sacrificio, hija mía, en mi propósito; antes hay mucho egoísmo... Me he convencido de que para cultivar la única afición que tengo, lo mismo da Valdecines que Treshigares. Con trasladar á tu casa mi gallinero, se acabó la dificultad. Además, no quiero ocultarte que, según van pasando los años, me van pareciendo más largas las horas en aquella soledad... Está visto que los niños y los viejos no pueden vivir sin el calor de la familia.
—¡Qué inmenso beneficio hace usted á mi hermana!
—¡Ah, picarilla!... ¡Toda tu gratitud por ella, y nada por tí!... es decir, que me dejas, precisamente, sin lo que yo iba buscando... Bueno, bueno. ¡Sacrifíquese usted por ingratas!
Á esta broma respondió Águeda, acompañando sus palabras con una sonrisa que parecía un sudario:
—Pilar empieza á vivir ahora, tío... es una niña.
—¡Y tú eres otra niña un poco mayor!... Y eso, ¿qué? ¿Quieres decirme que vas á morirte pronto y que no te hacen falta amparos en el mundo?... ¡Vaya si te leo yo los pensamientos! Pues sábete que te llevas chasco si tal has pensado, ¡y chasco muy grande!... ¡No faltaba más! Cierto que estás quedándote como la estatua de la melancolía, y que no parece sino que te van arrancando las carnes y robándote el color cuantos te hablan y te miran; pero ¿qué ha de suceder si eres una carga de penas y de cuidados? Pasará la borrasca, ¡pues no ha de pasar? y lucirán días mejores para tí y para todos nosotros... Siempre te quedará allá dentro un poquito de resquemor; pero ¡qué diablo! la vida sin cruz no es vida de cristiano; y ¡viva la gallina, aunque sea con su pepita!
Entró Pilar en esto diciendo muy alegre:
—¡Don Sotero está malísimo!