Á lo que respondió don Plácido:
—Esa es una noticia que ha echado á volar el tunante, por no vérselas hoy cara á cara conmigo.
Insistió Pilar en lo que aseguraba, dando buen origen á la nueva, y concluyó don Plácido:
—Pues mira, siento que le mate Dios antes de haberle echado yo á presidio.
Y como Águeda siguiera llorando y Pilar lo notara y se abrazara á ella, fuése don Plácido, no sé si movido de la curiosidad en que le habían puesto las noticias traídas por la niña, ó del convencimiento de que Águeda necesitaba llorar mucho y hablar poco.
De todas maneras, antes de una hora estuvo de vuelta.
—¡Y hay inocentes —dijo á sus sobrinas— que dudan de la justicia de Dios!... Hijas mías, don Sotero acaba de morir.
Águeda se estremeció.
—¡Qué gusto! —exclamó Pilar palmoteando muy recio.
—¡Qué dices, niña? —respondió Águeda reprendiéndola.