—Creo que tiene razón esta chiquilla —observó don Plácido—. Hombres como ese... En fin, Dios sabe muy bien lo que se ha hecho.
—¡Y habrá muerto sin confesión!
—Sospécholo, cuando no ha venido el señor cura á restituirte lo que te robó en vida esa garduña...
—¡Que Dios le perdone como yo le perdono!
—Pues si tú le perdonas, que no se condene por mí... ni por tí tampoco. ¿Verdad, Pilar?
—Con tal de que no vuelva... perdónole también —dijo la niña.
—Así me gusta... Pues sí, señor: la cosa no tiene duda, porque acaba de decírmelo don Lesmes en la portalada.
—¿Don Lesmes ha vuelto ya? —preguntó Águeda.
—¡Otra te pego!... ¡Y yo que no me acordaba!... Pues sí: volvió don Lesmes... ¡Hija mía, qué cara de angustia se te ha puesto! Ya sé por qué; y necio fuera yo en ocultarte cosa alguna... Todo ha concluído allí del mejor modo posible... Estuvo su padre... ¡Figúrate cómo estaría!
—¡Desdichado!