—¡Eso sí!... Cuanto se diga es poco... Se encontró ya la fosa abierta...

—¡Ni tierra bendita para cubrirle, tío!

—¡Ni eso siquiera, hija mía!... ¡Ni eso merecen los que mueren renegando de Dios!

—¡Qué horror!

—Lo mismo dijo su padre, á pesar de lo poco en que tiene las cosas del otro mundo. Por compasión á su dolor y á sus lágrimas, se le ha permitido que lleve aquellos míseros despojos á su propio solar, donde hallarán sepultura menos indigna que en el fondo de una barranca, como las bestias. En los preparativos quedaron el doctor y algunas buenas gentes que por caridad le ayudan. Quizá esté ya el triste cortejo camino de Perojales. Del mal el menos, hija mía. Y ahora que todo lo sabes, no temo lo que puedas averiguar por bocas imprudentes que se complacen en exagerar los horrores.

Por aquí andaba la conversación, cuando el doctor, á quien hemos visto llegar á la portalada, pidió permiso para hablar á solas con Águeda.

¡Otro golpe de muerte para la infeliz! Don Plácido y Pilar se retiraron.

—¡Vengo —dijo Peñarrubia con voz enronquecida y temblorosa— á cumplir la última voluntad de un moribundo!

Águeda, traspasada de angustia, bajó la cabeza. La presencia de aquel hombre agobiado por el mayor de los infortunios, hacía más terrible el cuadro que no se apartaba un momento de su imaginación.

—¡Le mató la tenacidad de un fanatismo inclemente, señora! —añadió el doctor, después de aguardar en vano una respuesta de Águeda.