Tomó ésta el dicho á reconvención; parecióle injusta y cruel, y respondió con energía:

—¡Le mató su rebeldía á los decretos de Dios!

—Un deber mal entendido hizo imposible la única aspiración de su vida.

—La ignorancia de los suyos se la quitó.

—¡Los imposibles no se vencen con las humanas fuerzas!

—¡Pero se sufren con la resignación cristiana! Pues si para esas contrariedades no hubiera otra defensa que la muerte, ¿viviera yo en este instante, doctor!

Acertó á mirarla éste con ávida curiosidad, excitada por lo que de amargo y solemne había en el acento de sus palabras, y se asombró al ver los estragos que las penas habían hecho en aquella belleza tan admirada por él al conocerla. Comprendió que iban fuera de toda justicia sus reconvenciones; disculpólas con el dolor que le enloquecía; lloró como un niño, y Águeda tuvo necesidad de olvidarse de sus propias angustias para consolarle.

—Pero ¡qué horrible serie de contrariedades se atravesaron en su camino! —prosiguió el doctor cuando se halló más sereno—. Amó, y sus desdichadas ideas fueron vasto y tormentoso mar que le alejó del objeto amado. El amor le dió fuerzas, y luchó contra el embate de las enfurecidas olas; creyóse rendido, y el ansia de llegar al anhelado puerto le hizo luchar de nuevo. ¡El último esfuerzo, Águeda; el que debía salvarle, le mató! Tradújose por la maledicencia en baja codicia de los bienes de la mujer amada y en infame apariencia de conversión, su postrera tentativa...

—¿Eso se ha dicho! —exclamó Águeda asombrada.

—Eso se ha dicho; esa versión ha circulado en este pueblo; eso le valió hasta los insultos de los ignorantes; eso le alejó para siempre del fin que perseguía; esa pena le enloqueció y armó su brazo y le quitó la vida; y esta horrenda historia me lega en sus postreros instantes para que usted no la ignore... y para tormento de la amarga existencia que aún arrastro; y como no puede ser muy larga jornada tan angustiosa, aprovecho estas horas en que la fiebre del dolor me sostiene, para que el encargo no quede sin cumplirse.